Cuentos de Hadas

Un hada en Navidad

Cuentan que hace miles de años, cuando Jesús nació en el Portal de Belén, los ángeles convocaron a todos los seres mágicos que había en la Tierra para que fueran a visitarlo. Duendes, elfos, unicornios y ogros iban rodeados por un manto invisible, para adorar al Príncipe de los Cielos. Todos se apuntaron para el viaje, excepto una diminuta niñita que no medía más que el pulgar de una mano. Un ángel la vio sola y se acercó a ella para saber porque no había ido a ver al Niño Dios.

—Es que no tengo ningún regalo para llevarle —contestó ella con tristeza— y como tampoco tengo magia como los otros seres fantásticos, ni siquiera puedo volar a Belén para darle mis cariños.

—¿Tanto quieres ir a verlo? —preguntó el ángel.

—Mucho, siento que mi corazón salta de emoción cuando escucho hablar de él. No lo conozco, pero me imagino su carita y el amor que siente hacia los hombres, y entonces yo también lo siento por él.

Conmovido con su dulzura, el ángel arrancó una pluma dorada de sus alas y se la entregó.

—Aquí tienes, estoy seguro de que ahora, Dios ha escuchado tus plegarias y te ayudará a llegar hasta Belén.

Apenas tocó la pluma, dos alas de oro aparecieron en la espalda de la niña, elevándola por los aires. Llena de felicidad, subió hasta el cielo y se convirtió en estrella, la más brillante de todas, que con su fulgor alentaba a todas las personas y seres para ir al portal donde estaba Jesús. Pero antes recogió una ramita de pino del suelo y una bellota del bosque. Unió ambas cosas y con sus nuevos poderes las transformó en un precioso sonajero de plata, que arrojó a los pies de la Virgen María.

La madre de Jesús lo recogió y se lo llevó al Niño, quien se puso a agitarlo contento. Mientras tanto los pastores, las criaturas mágicas y los ángeles llegaban y lo observaban con ternura y asombro.

—¡Pero que bello es! Y que paz se siente aquí en el pesebre.

—Que linda es su sonrisa, tan serena y llena de amor.

—Hoy es un día feliz para la humanidad, ha nacido un gran salvador.

Desde las alturas, la pequeña vio que el bebito le sonreía y brilló con más fuerza para él. Esa Navidad, la primera que se celebró en el mundo, fue muy especial para todos y al contemplar el regalo de la pequeña, Dios decidió que iba a durar para siempre. Gracias a ella, los Reyes Magos llegaron la noche siguiente y lo llenaron de obsequios. La niña no podía sentirse más orgullosa.

Es por eso que hasta hoy, si miras con mucha atención hacia el cielo en medio de una noche de Diciembre podrás darte cuenta de que ella sigue allí, iluminando a la humanidad como hace tanto tiempo. Es el Hada de la Navidad, que cuida de los niños, acompaña a los viajeros en su camino y nos recuerda el nacimiento del Niño Jesús.

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Acerca del autor

Erika GC