Simbad y el Viejo del Mar

Publicado por: Erika GC

En nuestra aventura anterior, vimos como Simbad lograba escapar de las cavernas en las que lo habían encerrado junto a su fallecida esposa. Quedaban todavía historias por contar al carguero pobre, que como ya se había hecho costumbre, acudió al siguiente día para comer con él y escuchar sus relatos. Una vez que hubieron terminado su opulento almuerzo, Simbad comenzó a hablarle sobre el quinto de sus viajes.

—Me había cansado de nuevo de la vida de rico en Bagdad y quise tener más aventuras —dijo—, así que me compré otro barco y busqué más hombres para partir de inmediato.

Nos hicimos a la mar y en el camino nos encontramos con otra isla desierta, en donde vi algo que me pareció muy conocido: era un gigantesco huevo de ave ruc. Al desembarcar para verlo de cerca, la locura se apoderó de nosotros y terminamos rompiéndolo para alimentarnos con el polluelo. Pero no debimos hacerlo, pues de inmediato las aves se mostraron enfurecida.

Escapamos hacia nuestra embarcación, pero las monstruosas criaturas provocaron una tormenta que hizo que el navío se hundiera. Y de nuevo me encontré flotando solo, a la deriva y en medio de un océano gigantesco.

Fue en ese momento que llegó el Viejo del Mar, un viejo repulsivo que se abrazó a mi cuello y mi torso con sus brazos y piernas, esclavizándome y condenándome a llevarlo para siempre en mis espaldas. Cada día y cada noche, sin descanso alguno, tenía que nadar llevando a ese ser encima de mí. Solo esperaba la muerte.

Un día, encontré un barril de vino flotando en el agua. Era una de las provisiones de nuestro barco. Sin más, convencí al Viejo del Mar de beber hasta que perdiera la consciencia y una vez que cayó dormido, pude deshacerme de él y escapar nadando tan lejos como me fue posible. Por suerte otra embarcación pasaba cerca de ahí y pudo rescatarme.

Pero no desembarcamos de vuelta en Bagdad, sino en una misteriosa isla habitada por monos caníbales, que habían expulsado a las personas, obligándolas a vivir en barcos mientras ellos ocupaban sus casas. Cuando las bestias trataron de devorarnos, yo les arrojé piedras para que me dejaran tranquilo. Ellos a su vez me lanzaron decenas de cocos.

Con estos cocos volvía a cargar el buque y regresé a Bagdad, donde los vendí todos y recuperé de nuevo mi gran fortuna. Y otra vez volví a establecerme como un hombre acaudalado entre los mejores comerciantes.

Simbad volvió a sacar unas cuantas monedas de oro de su bolsillo para dárselas al carguero.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, gracias por haber escuchado otra de mis historias. Mañana te espero de nuevo y seguiremos hablando.

—¡Qué usted sea bendecido por su generosidad! —le dijo el humilde hombre, antes de salir de su residencia para regresar a su pequeña casa, en donde había estado guardando las monedas de oro, acumulando una minúscula fortuna.

¿Quién sabe que más aventuras extraordinarias tendría para contarle aquel rico comerciante?

CONTINUARÁ…

Deja tu voto para que el autor sepa cuánto te gustó:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars6 Stars7 Stars8 Stars9 Stars10 Stars (1 votos, resultado: 10,00 de 10)
Cargando…

Al autor del cuento le gustaría que lo apoyes apretando estos botones sociales y.... no te olvides de dejarle un comentario MÁS ABAJO!

Publicado por: Erika GC

Te Recomendamos: