Cuentos Clásicos para Niños

Los tres pelos de oro del diablo

Había una vez una pobre mujer que dio a luz a un precioso bebé, el cual nació envuelto en la tela de la suerte. Entonces, los sabios predijeron que iba a ser un muchacho muy afortunado y que un día, iba a casarse con la hija del rey. Días más tarde, el rey llegó de visita al pueblo sin que nadie supiera que se trataba de él. Así que se acercó a unos campesinos para hablar.

—Saludos, buenos hombres, vengo de paso por aquí. Díganme, ¿qué novedades ha habido en la región?

—¿No lo sabe? Ha nacido un niño muy bello en la casa más pobre del pueblo. Vino al mundo en la tela de la suerte, lo que significa que la fortuna lo protege y le predijeron que un día se casará con la princesa.

Al rey, que era un hombre muy malvado, no le gustó nada esto y se fue de inmediato a ver a los padres del niño.

—Ustedes son demasiado pobres como para encargarse de él. Dénmelo que yo lo cuidaré.

Al principio los padres se negaron pero cuando el rey sacó una enorme bolsa de oro, pensaron que sería lo mejor. Después de todo, el bebé había nacido con buena estrella.

Así que el rey lo tomó, lo puso en una caja y la arrojó a un río muy profundo, pensando que se ahogaría y que libraría a su hija de tan vulgar pretendiente.

Pero en lugar de hundirse, la caja flotó y el río la llevó muy lejos, hasta un viejo molino en el cual se quedó atorada. Allí la encontró un mozo, que pensando que en el interior guardaba un tesoro, la abrió encontrándose con el bebé sonriente y hermoso. Aquel hombre no tenía hijos, de modo que decidió llevárselo a su esposa para que lo criaran juntos.

—¡Dios nos ha enviado a este pequeñito para aliviar nuestras penas! —dijo ella muy contenta.

El tiempo pasó. El bebé creció con sus nuevos padres adoptivos, hasta convertirse en un muchacho muy apuesto, saludable y amable. Todos lo querían.

Una noche de tormenta, en la que el rey andaba muy lejos de su palacio, fue a parar al molino para resguardarse de la lluvia. Le llamó la atención el hijo tan guapo que tenían los molineros y les preguntó si realmente era suyo.

—¡Qué va! Lo encontramos en una caja cuando era bebé, llevado por el río.

Supo el rey que ese chico no podía ser otro que el pequeño al que había intentado ahogar y tramó otro plan para deshacerse de él.

–Ya que me encuentro tan lejos de casa, ¿dejarían que el muchacho le llevara una carta a mi esposa? Les aseguró que será bien recompensado.

Los molineros aceptaron y le dijeron al chico que se preparara para llevar el mensaje. El rey le entregó un sobre, dentro del cual había una carta que mandaba lo siguiente a la reina: “En cuanto se presente el joven que lleva esta carta, da la orden de que lo maten y lo entierren. Todo esto debe estar hecho antes de que yo regrese”.

El chico se puso en camino hacia el palacio pero en el camino, se perdió y fue a parar al bosque. Allí, entró en la guarida de una banda de ladrones, en donde una anciana tejía junto a la chimenea. Ella, muy asustada, le preguntó de dónde venía y hacia donde se dirigía.

—Vengo del molino y voy a palacio para entregar una carta del rey —respondió él—, pero me he extraviado y quisiera pasar la noche aquí.

—¡Pobre muchacho! Viniste a parar al peor lugar del mundo, si los ladrones que vuelven, te matarán sin dudarlo.

—Yo no temo a los ladrones -replicó él—, además, estoy tan cansado que no puedo seguir andando —y dicho esto, se acostó sobre una banda y quedó profundamente dormido.

Al rato llegaron los bandidos, quienes al verlo, se enfurecieron y preguntaron a la anciana quién era.

—Es un pobre niño que le lleva una carta a la reina. Le deje quedarse porque no tiene dónde dormir.

Curiosos, los ladrones tomaron el sobre y leyeron la carta, descubriendo que el rey había ordenado que lo asesinaran. A pesar de ser sumamente malos, en ese momento sintieron lástima por él y decidieron romper el mensaje. Luego escribieron otro, donde se daba orden de que lo casaran con la princesa y lo metieron en el sobre.

A la mañana siguiente, le indicaron al muchacho como podía llegar a palacio y este se marchó después de darles las gracias. Nada más recibir y leer la carta, la reina empezó a organizar el matrimonio sin hacer preguntas. En medio de una boda gloriosa, la princesa y el favorito de la suerte se casaron.

Cuando el rey volvió a palacio, se horrorizó al ver que la profecía se había cumplido.

—¿Cómo es eso posible? ¡Yo ordené algo muy distinto en mi carta!

Su esposa le mostró el mensaje y el rey se encolerizó al ver que lo habían cambiado.

—Esto no se va a quedar así, ¡quién quiera ganarse a mi hija, antes debe bajar a los infiernos y conseguirme tres pelos de oro del diablo!

—Lo haré —dijo el chico con decisión—, no me da miedo el diablo.

Se despidió pues de su esposa y emprendió su viaje al infierno. En el camino llegó hasta las puertas de una gran ciudad, donde el guardia le preguntó cuál era su oficio.

—Yo lo sé absolutamente todo —dijo el joven.

—Entonces tal vez puedas ayudarnos. Dinos porque la fuente de nuestra plaza, de la que antes brotaba vino, se ha secado y ya ni siquiera le brota agua.

—Se los diré, pero cuando regrese.

Siguió andando hasta llegar a una majestuosa muralla, donde otro centinela le preguntó cuál era su oficio.

—Yo lo sé absolutamente todo —volvió a responder.

—Entonces podrías hacernos un servicio. ¿Sabes por qué el árbol de nuestra ciudad, que antes daba manzanas de oro, está seco y ya no puede dar ni hojas?

—Se los diré, pero cuando regrese.

Continuó el muchacho con su viaje y llegó hasta un río profundo, en el que un barquero cruzaba de un lado a otro. Él también le preguntó cuál era su oficio.

—Yo lo sé absolutamente todo.

—Si eso es verdad dime, ¿por qué estoy condenado a remar de un lado a otro del río, sin descansa ni nadie que venga a reemplazarme?

—Te lo diré, pero cuando regrese. Ahora ayúdame a cruzar.

El joven afortunado cruzó el río y siguió caminando hasta la entrada del infierno. Allí, todo estaba lleno de cenizas y por suerte el diablo había salido. Solo estaba su criada, una vieja que limpiaba los rincones.

—¿Y tú qué vienes a hacer aquí? —le preguntó ella.

—Vengo por tres pelos de oro de la cabeza del diablo, ya que si no los consigo, me van a quitar a mi esposa. Además, quisiera saber porque una fuente que manaba vino y un árbol que daba manzanas de oro se han secado, y porque un barquero tiene que remar de un lado a otro del río por toda la eternidad.

—Es demasiado lo que estas pidiendo, pero como me das algo de lástima, veré la forma de ayudarte. Por lo pronto escóndete, te voy a meter entre mis faldas.

La vieja lo transformó en hormiga y lo ocultó. Luego llegó el diablo, muy malhumorado.

—¡Aquí huele a carne humana! —vociferó.

Y empezó a mirar por todas partes, pero por más que buscó no encontró al muchacho.

—¡Tú siempre hueles a humano! Anda, deja de hacer desorden y ven a cenar —le dijo la vieja.

El diablo comió, bebió y luego se recostó sobre las rodillas de la anciana para que le sacara los piojos, quedándose dormido. La vieja, muy astuta, tomó uno de sus cabellos y se lo arrancó, despertándolo.

—¡¿Qué crees que estas haciendo?! —rugió el diablo con ira.

—Disculpa, es que acabo de tener un mal sueño.

—¿Y qué soñaste?

—Soñé que había una fuente en una ciudad de la que brotaba vino pero que luego se secaba, ¿de quién es la culpa?

—Ah, si tan solo supieran. Bajo esa fuente hay una piedra y debajo de ella, un sapo. Si lo mataran volvería a manar el vino. Ahora déjame dormir y no me molestes.

La vieja volvió a quitarle los piojos al diablo, arrancándole otro pelo en el proceso.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Te dije que no volvieras a despertarme! —le gritó él.

—Disculpa, es que acabo de tener un mal sueño.

—¿Y qué soñaste?

—Soñé que había un árbol tras una muralla que daba manzanas de oro y que luego se secaba, ¿de quién es la culpa?

—Ah, si tan solo supieran. Bajo ese árbol hay una rata que muerde la raíz. Si la mataran volverían a brotar las manzanas. Ahora déjame dormir y no me molestes.

Una vez que estuvo dormido de nuevo, la vieja le arrancó un tercer pelo y esta vez, el diablo se levantó echando humo por las orejas.

—No te molestes, es que no dejo de tener pesadillas —le dijo la vieja inocentemente.

—¿Ah sí? ¿Y qué soñaste esta vez?

—Soñé que había un barquero condenado a bogar por el río sin descanso, ¿de quién es la culpa?

—¡Bah, el muy tonto! Si tan solo le pasara el remo a la próxima persona que quisiera cruzar el río, él sería libre y el otro tendría que remar eternamente.

El diablo se volvió a dormir, muy enojado y entonces la vieja le devolvió al muchacho su forma humana, entregándole los tres pelos de oro, diciéndole que podía volver. Se fue el chico de regreso hasta encontrarse con el barquero, quién le exigió la respuesta prometida.

–Primero ayúdame a cruzar y cuando este del otro lado, te diré.

Cruzaron el río y al bajar del bote, el joven le dio un consejo.

—Pásale el remo al próximo que te pida cruzar y serás libre para siempre.

Continuó con su camino hasta llegar a la muralla, donde el centinela le pidió su respuesta.

—Mata a la rata que está mordiendo la raíz del árbol y tendrán de nuevo manzanas de oro.

El centinela le dio las gracias y le obsequió dos mulas cargadas de oro, con las que siguió caminando hasta llegar a las puertas de la otra ciudad. Allí, el primer guardia le pidió su respuesta.

—Busca a un sapo que vive bajo la piedra de la fuente y mátalo. Cuando lo hagas, el vino volverá a brotar en abundancia.

El guardia le agradeció y le dió otras dos mulas cargadas con oro, con las cuales el chico regresó a palacio. Su esposa, la princesa, se mostró muy feliz de verlo a salvo. Y cuando el rey se dio cuenta de que traía consigo no solo los tres pelos de oro del diablo, sino también todas aquellas riquezas, se olvidó del odio que le tenía.

—Veo que cumpliste con tu palabra, yerno, así que podrás quedarte con mi hija. Pero dime, ¿de dónde sacaste todo ese oro que llevas encima? ¡Es una fortuna!

—Lo conseguí cruzando un río, al otro lado hay un gran tesoro, pues en vez de arena, el suelo es de oro puro.

—¿Un tesoro? ¿Podría ir yo a buscarlo? —preguntó el rey con codicia, pensando en convertirse en el monarca más rico del mundo.

—Por supuesto. En el río encontrará a un barquero que lo llevará al otro lado si se lo pide.

El malvado rey partió hasta el río con la idea de llevarse todo el oro y tan pronto como llegó ante el barquero, le ordenó que lo cruzara. Con tan mala suerte que, justo antes de llegar a la otra orilla, él le colocó el remo en la mano y saltó de la barca. Desde entonces el rey tiene que cruzar de un lado al otro, sin nadie que vaya a reemplazarlo.

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