Otros Cuentos

Los tres enamorados miedosos

Había una vez una muchacha que vivía en un pequeño pueblito. Era una joven muy linda, que con su belleza se ganó el corazón de tres hermanos. Los tres se propusieron enamorarla, día y noche le enviaban regalos, la invitaban a pasear y le tocaban canciones. El problema era que ella a ninguno quería y no sabía como rechazarlos sin que se pelearan entre ellos.

Hasta que un buen día se le ocurrió una solución. El primero de los hermanos había ido a confesarle su amor y esto fue lo que le dijo:

—¿De verdad me quieres tanto como dices?

—Ay, mi tesoro, yo te quiero tanto pero tanto, que haría cualquier cosa que tu me pidieras.

—¿Ah sí? ¿Irías al cementerio a cuidar a un muerto por mí?

—¡Por supuesto!

—Está bien, pues ven por la noche porque te estaré esperando con el difunto. Cuando terminen de prepararlo lo vas a llevar al panteón.

El muchacho aceptó y se fue lleno de esperanza. Un rato después llegó el segundo hermano a confesarse con la joven.

—Solo para que te convenzas de lo mucho que me gustas, yo sería capaz de hacer cualquier cosa.

—¿De verdad?

—¡Pues claro que sí!

—Muy bien, pues esta noche vas a fingir que estás muerto.

El chico aceptó y ella le tomó las medidas para que le hicieran un ataúd. Cuando se fue, llegó el tercer hermano.

—Ay, hermosa mía, yo te quiero con locura. Sería capaz de hacer cualquier cosa que tú me ordenaras.

—¿Actuarías como diablito?

—¡Lo que tú me pidas, mi vida!

La chica lo citó esa misma noche. Cuando llegó el que iba a actuar como muerto, lo metieron en el ataúd y lo cerraron. Después llegó el que iba a cuidarlo, y la muchacha le entregó un cirio y lo mandó al panteón con la caja. Finalmente llegó el que iba a hacer de diablo y se tuvo que vestir con un traje que estaba hecho de latas con agujeros. Dentro de cada uno había una vela encendida; y en la cabeza le pusieron cuernos.

Así, lanzando destellos en la oscuridad, salió de casa haciendo mucho ruido.

—¿A dónde voy?

—Ve al camposanto y cuando estés ahí, te pones a brincar como loco.

Lleno de miedo, el diablito llegó al cementerio y se puso a saltar fuera de sí.

—¡Ave María Purísima! —exclamó el primero al verlo— ¡¿Qué es eso?!

—¡Es el diablo! —exclamó el que hacía de muerto y entonces los dos echaron a correr.

—¡Madre mía! ¡Un muerto que se levanta! -exclamó el diablito, huyendo hacia su casa también.

El primer hermano volteó y al ver que el diablo y el muerto lo perseguían, entró a su casa y se arrojó a la hamaca. El segundo, al ver que el diablo lo estaba siguiendo, llegó a esconderse en la misma hamaca. Y el diablo, del susto, allí terminó también.

Cuando los hermanos se dieron cuenta de que les habían jugado una broma, se avergonzaron muchísimo. Jamás volvieron a molestar a la muchacha.

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