Fábulas Infantiles

Los ladrones y el asno

Había una vez dos hombres que se dedicaban a ir de pueblo en pueblo, robando en las cosas que estaban descuidadas o a las personas que no podían defenderse. En uno de aquellos hurtos, fueron a dar a un establo cuya puerta habían olvidado cerrar con llave. Dentro solo había un asno, pero a ambos les brillaron los ojos al ver al animal.

Todavía era una criatura fuerte y resistente, de la que podrían sacar mucho beneficio. Sin más, tomaron al asno y se marcharon antes de que el alba los sorprendiera.

Más tarde se encontraban en su guarida, mientras el animal pastaba afuera. Estaban decidiendo lo que iban a hacer con él.

—Yo digo que vayamos a venderlo al mercado —dijo el primero—, seguro que nos pueden pagar una buena suma de dinero por él. Además, si mentimos diciendo que es joven y que puede cargar más cosas de las que soporta, tal vez y hasta podamos recibir el doble. ¡Imagina como gastaríamos todo ese dinero!

Pero al segundo ladrón la idea no le parecía tan buena.

—Yo creo que tendríamos que quedarnos con él —dijo—, si tenemos un asno que pueda cargar todas las cosas que robamos, tendríamos menos trabajo. Además ya me estoy cansando de tener que hacerlo yo mismo, ¡mis pobres huesos no lo van a soportar más!

—¡Hasta parece que ya no te importa el dinero! ¿No ves que esta es la manera más fácil de enriquecernos? —le espetó su amigo, enojado— ¡Incluso podríamos dejar de robar por un tiempo!

—Te haces demasiadas ilusiones con ese acabado animal, nadie va a pagar tanto por él.

En ese momento los dos ladrones empezaron a discutir, empecinados en hacer cada uno lo que quería con él. Que si lo vendían, que si se lo quedaban… se pusieron tan enojados el uno con el otro, que el enfrentamiento llegó a los golpes y de un momento a otro ya estaban rodando por el suelo, gritándose como dos niños.

Ninguno se dio cuenta de que un tercer ladrón pasaba cerca del lugar. Vio por la ventana con mucho asombro, como los malhechores peleaban y luego fijo su mirada en el asno que no parecía enterarse de nada. Por un buen rato se entretuvo escuchando la discusión. Al ver que ninguno notaba su presencia, tranquilamente desató al animal y se lo llevó con él.

Cuando los ladrones terminaron de pelear se encontraban golpeados, molestos y cansados. Miraron al jardín y se sintieron desfallecer al notar que su asno había desaparecido.

—¡Esto me pasa por asociarme con inútiles! —exclamó el primero— ¡Nunca más volveré a robar nada contigo!

—¡Lo mismo digo yo! Si nos lo hubiéramos quedado desde el principio como yo dije, ¡otra cosa sería!

A partir de entonces ninguno de los dos volvió a hablarse.

Moraleja: Los bienes mal habidos se pierden tan fácil como te los ganaste. Por eso es muy importante que te esfuerces por ganarte las cosas que quieres, nunca te proveches del trabajo de otros para conseguirlas.

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Acerca del autor

Erika GC