Cuentos Infantiles con Moraleja

Los dos esclavos

Había una vez en Estambul, un sultán que era muy rico y poderoso. Él vivía en un enorme palacio, cuyos tejados eran de oro y las alfombras de Damasco. Tenía a su disposición a cientos de sirvientes que hacían de todo por él, desde bañarlo y vestirlo hasta hacerle la cama y limpiar sus aposentos. Por no mencionar los banquetes tan maravillosos que le preparaban todos los días.

Ciertamente, al sultán no le faltaba nada, pero curiosamente no era feliz. Lo único que le importaba era ser temido y respetado por sus súbditos, pues lo habían educado para ser un hombre implacable.

Un día salió a desfilar por las calles, rodeado por todos sus cortesanos, sus guardias y sus soldados. Él andaba sobre un rico camastro de oro y sedas finas, en las espaldas de un elefante. Contemplaba con una arrogante sonrisa como todas las personas se arrodillaban a su paso, desde los niños hasta los más ancianos. Ninguno de ellos se atrevía a alzar la cabeza en presencia suya.

De pronto, la caravana pasó enfrente de un miserable callejón. Allí, un pobre mendigo trataba de buscar algo de comer mientras los demás lo alababan. Él no lo miró, ni se quiso arrodillar.

Furioso por esta ofensa, el sultán ordenó parar con el desfile e hizo que sus guardias lo llevaran ante él.

Aquel hombre estaba vestido de una manera tan harapienta y se encontraba tan sucio, que costaba creer que tuviera la arrogancia de mirarlo a los ojos. Sin embargo lo hacía y ahora el gobernante se sentía intrigado.

—¿Se puede saber por qué no has hecho la reverencia al pasar yo delante de ti? —le preguntó— ¿Acaso no sabes quién soy?

—Usted es el sultán, la persona más poderosa y rica de todo Estambul —contestó el pordiosero.

—¿Entonces? ¿Por qué no te inclinas ante mí? Mira como los demás reconocen mi poder y agachan la cabeza cuando yo pasó ante ellos.

—Eso es porque ellos anhelan todo lo que usted tiene: las riquezas, la posición social, el lugar en donde vives… sin embargo, hace mucho tiempo que esas cosas dejaron de importar para mí. Entonces, ¿por qué habría de inclinarme ante ti, cuando yo soy dueño de dos esclavos que te gobiernan?

—¿Y qué esclavos son esos? ¡Si yo soy amo y señor de absolutamente todo lo que existe en estas tierras!

—Mis dos esclavos, poderoso sultán, son la codicia y la ira.

Y el sultán se dio cuenta de que aquel pobre mendigo tenía razón. A partir de entonces, abrió su corazón y usó sus riquezas para mejorar la vida de sus súbditos.

MoralejaNo permitamos que la ambición y el poder cambien nuestro corazón. Tú puedes llegar a ser rico, famoso e importante, pero si no usas esos privilegios para ayudar a los demás, nunca serás realmente feliz. Te convertirás en esclavo de las cosas superficiales y olvidarás lo que es realmente importante en la vida, como la amistad, el amor, la generosidad y el cariño.

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