Cuentos Infantiles de Navidad

Los doce meses

Había una vez en un país muy lejano, donde los inviernos eran crudos y los veranos maravillosos, una linda jovencita llamada Marushka, la cual vivía en una casa en medio de las montañas, con su madrastra y su hermanastra.

Ambas la odiaban por ser bella y bondadosa, y constantemente planeaban su muerte de las maneras más viles.

Cuando el invierno llegó, más crudo que nunca, ambas le ordenaron a Marushka que saliera de la cabaña para buscar violetas.

—¿Violetas? ¿En enero? —preguntó ella— ¡Eso es imposible!

—¡Haz lo que te ordenamos! Ya estamos fastidiadas de este invierno y queremos tener violetas, si no las encuentras ni te molestes en regresar, ¡porque no te dejaremos entrar a la casa!

Muy angustiada, Marushka se marchó a la montaña, sabiendo que no encontraría ni una sola flor.

Cruzó el bosque completo y subió hasta la colina donde solían florecer las violetas cuando era primavera. Pero el suelo, cubierto por una capa de nieve, estaba vacío.

Se hacía de noche, Marushka estaba agotada y temblaba de frío. Mientras deambulaba por el bosque, distinguió un resplandor a lo lejos. Caminó hacia él y encontró a doce personas reunidas alrededor de una gran hoguera. La más vieja era un anciano, que estaba sentado sobre una roca en forma de trono. Ella no lo sabía, pero aquellos eran los doce meses del año, que se estaban preparando porque era la víspera del Año Nuevo.

—Por favor, permítanme calentarme en su hoguera —le suplicó ella al anciano.

—Cuéntame niña, ¿qué estás haciendo aquí con este frío tan intenso? —le preguntó él.

Marushka le contó lo de las violetas y el viejo se quedó muy conmovido; no podía creer que su familia fuese tan mala como para mandarla a morir en medio del frío.

—Padre Enero, tenemos que ayudarla —dijo uno de los meses al anciano.

—Ven aquí, hermana Abril —llamó el hombre a una de las mujeres— y tráele las violetas.

Enseguida, la susodicha se levantó y fundió la nieve que se apilaba contra un árbol, haciendo florecer decenas de flores hermosísimas.

—Toma todas las que necesites —le dijo a Marushka—, pero no digas a nadie como las conseguiste.

Marushka cogió las violetas y agradeció a todos por su ayuda, antes de volver a casa. Al llegar, tanto su madrastra como su hermanastra se quedaron atónitas. No estaban contentas de que la joven hubiese regresado sana y salva. De modo que un par de días después, le pidieron fresas frescas.

—¿Fresas? ¿En enero? —preguntó ella— ¡Eso es imposible!

—¡Haz lo que te ordenamos! Ya estamos fastidiadas de este invierno y queremos comer fresas, si no las encuentras ni te molestes en regresar, ¡porque no te dejaremos entrar a la casa!

De nuevo se fue Marushka al bosque, pero esta vez acudió directamente a la hoguera, donde seguían los doce meses. Les explicó de nuevo lo de las frases y esta vez, el padre Enero llamó a un hombre joven.

—Ven aquí, hermano Julio —dijo— y tráele las fresas.

Entonces él fundió la nieve debajo de un árbol y hizo que brotara un arbusto con las más exquisitas fresas que Marushka había visto en su vida.

—Toma todas las que necesites —le dijo él—, pero no digas a nadie como las conseguiste.

Una vez más, Marushka les dio las gracias y volvió a su casa con un cesto lleno de fresas. Ni su madrastra ni su hermanastra podían dar crédito a lo que veían. Esa noche comieron fresas hasta quedar atiborradas, pero el gusto les supo a poco, pues seguían molestas por no poder deshacerse de la joven.

Así que al poco tiempo la mandaron por manzanas.

—¿Manzanas? ¿En enero? —Marushka suspiró— ¡Eso es imposible!

—¡Haz lo que te ordenamos! Ya estamos fastidiadas de este invierno y queremos comer manzanas, si no las encuentras ni te molestes en regresar, ¡porque no te dejaremos entrar a la casa!

Sin más remedio, volvió Marushka a la hoguera de los doce meses y les contó del nuevo capricho de su madrastra y su hermanastra.

—Ven aquí, hermano Julio —llamó el padre Enero a otro de sus compañeros— y tráele las manzanas.

El joven fundió la nieve y hizo que brotara de la tierra un manzano, el cual floreció al instante, con las ramas cargadas de apetitosas manzanas.

—Toma todas las que necesites —le dijo a Marushka—, pero no digas a nadie como las conseguiste.

La joven estaba muy apenada, no quería abusar de la generosidad de los meses. Así que sacudió el árbol con muy poca fuerza, cogiendo tan solo un par de manzanas. agradeció por los frutos y volvió a la cabaña, donde su madrastra y su hermanastra la esperaban, suspicaces. No estaba contentas, ni de verla a ella, ni de tener tan pocas manzanas.

—¿Solo dos manzanas? ¡Seguramente te has comido el resto tú sola en el camino!

Las malvadas se enfadaron tanto, que le pegaron con la escoba y decidieron ir ellas mismas a buscar más manzanas, siguiendo el rastro de sus huellas en la nieve.

Al llegar a la hoguera de los doce meses, ni siquiera se molestaron en saludar. Se acercaron al fuego para calentarse y empezaron a hablar mal de Marushka.

—¡Esa ingrata inútil! ¡Traernos solo dos manzanas! ¡Ojalá este muerta para antes de la primavera!

El padre Enero las miró con seriedad.

—¿Qué las trae por aquí? —les preguntó.

Las mujeres lo miraron con desdén.

—¿Y a ti qué te importa, viejo tonto?

El rostro de Enero se oscureció, alzó su cayado y le mandó al viento que empezara a soplar. Entonces las malvadas fueron arrastradas por una terrible ventisca y nunca más encontraron el camino de regreso; quien sabe si se quedaron enterradas bajo la nieve, o congeladas dentro de un glaciar.

Marushka se quedó en su casa sola, pero cuando un muevo mes llegaba, ella se ponía contenta y lo saludaba con alegría.

Al llegar el mes de Octubre, un muchacho tocó a la puerta para pedir empleo. Quería trabajar en el lagar y hacer sidra. Maruushka y él se hicieron buenos amigos, y más tarde, se enamoraron, se casaron y tuvieron hijos. Ella se convirtió en una madre amorosa y sabia.

Enseñó a sus pequeños que todos los meses, desde el frío enero hasta el cálido julio, eran amigos queridos a los que debíamos agradecer y respetar.

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