Lázaro y el hombre rico

Publicado por: Erika GC

Un día, Jesús se dio cuenta de que los hombres del templo adoraban más sus riquezas que a Dios. Él, que sabía que de nada servía tener bienes valiosos sin el amor de Dios, decidió contarles una historia para hacerlos entrar en razón.

Hace mucho tiempo, vivía en una hermosa mansión un hombre muy rico que tenía de todo. Siempre se vestía con las telas más finas y exóticas de la región. Tres veces al día tenía en su mesa abundantes banquetes, y disponía también de decenas de criados a su servicio. El oro rebosaba de sus arcas y todos los días eran felices para él, pues su felicidad consistía en acumular lo material.

Afuera, sentado a las puertas de su residencia, se encontraba Lázaro, un pobre mendigo que estaba muy enfermo. Tenía el cuerpo cubierto de llagas y los perros callejeros, que eran los únicos que se preocupaban por él, llegaban a lamerle sus heridas.

Lázaro, que nunca tenía nada para comer, habría estado feliz de recibir las sobras de la mesa del rico. Pero este era tan mezquino que siempre le negaba hasta las migajas.

Llegó el día en que Lázaro murió y a partir de entonces, todo fue gozo para él. Los ángeles lo recogieron y lo llevaron al cielo, donde tuvo todo lo que le fue negado en vida. Tiempo después, el rico también falleció y aunque fue enterrado con sus mejores ropas en un ataúd de oro, su alma fue llevada al infierno.

Allí padeció los más terribles tormentos. Y desde el abismo, el desgraciado alcanzó a ver a Lázaro que estaba con Dios.

Le gritó entonces a Abraham, que estaba sentado cerca del creador, para que se compadeciera de él.

—Por favor, manda a Lázaro a que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque el calor de las llamas me atormenta —le suplicó.

—Es imposible cruzar la brecha que existe entre el infierno y el cielo —le dijo Abraham—. Tú en vida lo tuviste todo y Lázaro nada, por lo tanto ahora él es reconfortado y tú sufres.

—Entonces al menos mándalo a advertir a mis hermanos. No quiero que vengan a parar a este horrible lugar.

—Ellos ya tienen la palabra de Dios como advertencia. Si no creen en ella, mucho creerán que Lázaro se levantaría de entre los muertos.

Y tras decir esto, el hombre rico siguió llorando en el infierno, arrepintiéndose por haber sido tan mezquino en vida.

Cuando Jesús acabó de narrar esta historia, los hombres del templo comprendieron que estaban cometiendo una equivocación. No era correcto adorar más el dinero que los buenos sentimientos que les inspiraba el Señor. Las riquezas, si se acumulaban por vanidad y egoísmo, no servían nada. Pero si seguían la palabra de Dios y aprendían a usarlas para hacer el bien a los demás, serían felices en la Tierra y en el cielo.

Este cuento para niños se encuentra basado en una de las parábolas de la Biblia.

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Publicado por: Erika GC

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