Leyendas Infantiles Cortas

Las orejas del conejo

Miles de años atrás, cuando todos los animales vivían en armonía en medio de la naturaleza, el conejo no tenía las largas orejas que le conocemos hoy en día. Estas más bien eran puntiagudas y pequeñitas, iguales a las de los gatos. Y el pobre animal se sentía tan chiquito e insignificante, que todo el tiempo vivía comparándose con otras criaturas.

—Ay, pero que pequeño que soy —se lamentaba—, ojalá pudiera ser tan grande como los elefantes, que se hacen notar adonde quiera que van. O tan fiero con los leones, a los cuales todo el mundo respeta. En cambio con este tamaño y este aspecto, ¡nadie se fija en mí!

Su amiga el ave, quien se caracterizaba por poseer una gran inteligencia, trataba de animarlo y de convencerlo de que estaba equivocado.

—Te has obsesionado con los otros animales, cuando solo deberías aceptarte como eres —le dijo—. Eres único y genial.

—Es que no puedo soportar ser tan pequeñito —berreó el conejo.

—Bueno, si tanto insistes, te aconsejo que vayas a ver al dios que vive en la montaña. A lo mejor él te puede cambiar.

Muy contento con la propuesta, el conejito subió a toda prisa por la montaña, donde encontró al dios durmiendo profundamente.

—Señor, buenas tardes, disculpe la molestia —le dijo el conejo despertándolo—, pero tengo un asunto urgente que necesito resolver y solo usted puede ayudarme.

—¿De qué se trata? —preguntó el dios, somnoliento.

—No me gusta ser tan chiquito y tan poca cosa. Yo quisiera ser tan grande como los elefantes o tan valiente como los leones, ¿no puede usted transformarme en un animal más poderoso?

—Pues… —el dios se puso a pensarlo—, sí, de hecho sí podría. Pero para que haga esto por ti, primero tienes que traerme tres cosas muy importantes: la piel de un cocodrilo, la de un mono y la de una serpiente. Si logras dármelas antes del amanecer, tu concederé lo que me pides.

Muy emocionado, el conejo bajó y le pidió de favor a estos animales, que eran sus amigos, que le prestasen sus pieles un rato para impresionar al dios. Y ellos, que lo querían mucho, accedieron sin condiciones a desnudarse por unas cuantas horas.

Cuando el conejo volvió a la montaña trayendo estas pieles, el dios se quedó impresionado.

—Sin lugar a dudas eres un animalito muy perseverante, todos tus amigos te aprecian mucho, aunque pienses que eres insignificante —dijo—, así que vamos a hacer una cosa: no te voy a transformar en un animal distinto, sino que te daré un regalo: voy a cambiar tus orejas por otras más grandes y largas, con las que puedas escuchar a kilómetros de distancia. De esta manera podrás protegerte de tus enemigos y podrás esconderte tan rápido, que serás igual de ágil que los depredadores.

A partir de entonces, el conejo se hizo conocido por tener unas largas y hermosas orejas. Y se quedó tan feliz con este cambio, que nunca se volvió a comparar con ningún otro animal.

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Erika GC

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