Fábulas Infantiles

Las alforjas

Un día en el Olimpo, el dios Júpiter, creador de todo cuanto existía en la Tierra, decidió convocar a todos los seres vivos para una reunión. En aquel momento se sentía generoso y quería saber si tenían quejas sobre sus cuerpos, para compensarlos en lo que fuera posible. Poco sospechaba que estaba a punto de llevarse una desagradable sorpresa.

—Vengan a hablarme, todas las criaturas que viven en la Tierra —decía él—, si hay algo que les haga falta en su Naturaleza, díganmelo sin miedo que yo lo arreglaré. A ver señor mono, sea tan amable de decirme, ¿se siente usted a gusto con su cuerpo?

—La verdad es que no puedo quejarme —contestó el mono—, tengo cuatro pies y pulgares para agarrar todo lo que se me antoje, y colgarme más alto que cualquier animal. En cambio el oso, ¡pobrecito! Mírenlo nada más, el muy infeliz parece medio hecho.

Júpiter se volvió entonces hacia el oso, creyendo que estaba a punto de escuchar sus lamentaciones.

—¿Pero qué dices, mono alborotador? ¡Si yo no puedo estar más contento con mi figura! —exclamó el animal— ¡Mira lo grande y lo fuerte que soy! Deja la lástima para el elefante, que está tan feo y tan deforme. Si me lo preguntas, convendría más alargarle la cola y acortarle esas enormes orejas.

—Eso lo dices porque tienes celos de mi inteligencia —dijo el elefante—, yo estoy bien como soy. ¡Mejor ayuden a la ballena, que es demasiado corpulenta!

—Yo creo que quien necesita ayuda es el pulgón —intervinó la hormiga despectivamente—, ¡es que es tan diminuto!

De un momento a otro, todos los animales estaban parloteando sin parar, no para quejarse de sus cuerpos, sino para señalar los defectos que encontraban en los demás. Que si tal animal era demasiado grande, demasiado gordo, que si tenía una cola extraña o no era capaz de volar, de nadar o de cantar. El pobre Júpiter se sentía mareado de escuchar como todos se ponían a discutir.

Los animales eran terribles al criticarse los unos a los otros. Pero los peores eran los seres humanos, que estaban más ciegos que nadie para reconocer sus propios errores y eran los primeros en señalar los de los demás.

—Estaba dispuesto a concederles cualquier cosa que me pidieran, para que cada uno de ustedes fuera mejor. Pero me doy cuenta con tristeza, que solo se dedican a quejarse de sus semejantes —dijo Júpiter—. Así no puedo hacer nada por ustedes, no hay manera de ayudar a quienes no son humildes. Necesitan aprender a ser más bondadosos entre ustedes. Pueden marcharse.

Y he aquí que por eso, se dice que el creador nos ha dado a todas las criaturas vivientes dos alforjas, la de atrás para nuestros defectos y la de adelante para los de los demás.

Moraleja: Antes de mirar los defectos de los demás, hay que saber aceptar los nuestros con humildad. Siempre ganas más reconociendo tus fallas y siendo mejor persona, que criticando y haciendo menos a los demás.

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