Leyendas Infantiles Cortas

La tejedora de nubes

Cuenta una vieja leyenda de Japón que una vez, existió un joven agricultor llamado Sei. Él estaba preparando sus campos para antes del invierno.

Se sentía triste porque su madre había muerto recientemente y ahora estaba solo en el mundo, sin nadie que lo ayudara. Estaba reflexionando sobre sus muchas tareas y su gran soledad, cuando de pronto, vio una serpiente deslizándose por el suelo. Sei observó cómo la serpiente se deslizaba una y otra vez hacia un grupo de crisantemos, donde una araña colgaba suspendida por un hilo de seda de su telaraña. La araña le recordó a su madre, pequeña e indefensa, por lo que Sei corrió y expulsó a la serpiente con su rastrillo.

La araña lo miró, sorprendida por su amabilidad. Sin embargo, Sei nunca notó la mirada de la criatura, ya que era muy pequeña, y él ya había regresado a sus tareas.

Unos días después, Sei escuchó un golpe en su puerta. Cuando la abrió, vio a una encantadora joven parada allí. Ella se inclinó ante él.

—¿Necesitas a alguien para tejer tu tela? —le preguntó.

Sei estaba asombrado. Realmente necesitaba ayuda, pero no había hablado con nadie desde la muerte de su madre, ni mencionado sus necesidades.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

La niña miró tímidamente sus pies.

—Solo lo sé —dijo—. Y estaré muy contenta si te puedo ayudar.

Sei acogió alegremente a la joven en su casa y la llevó a la sala de tejido de su madre. Allí le mostró el telar donde durante tantos años, la buena mujer había tejido una hermosa tela.

—Puedes trabajar aquí mientras estoy en el campo.

Esa noche, cuando regresó del trabajo, llamó a la puerta de la sala de tejido.

—¿Has terminado alguna tela? —preguntó, aunque realmente no esperaba mucho.

Sei estaba convencido de que nadie podía compararse con su madre.

La joven abrió la puerta y, para su deleite, sostuvo en sus brazos una docena de hermosas piezas de tela, cada una lo suficientemente larga como para hacer un kimono.

—Imposible —dijo Sei—. ¿Cómo pudiste tejer tantas telas?

La chica se llevó un dedo a los labios.

—No debes preguntarme eso. Y nunca entres en la sala de tejido mientras estoy trabajando. Prométemelo.

—Lo prometo —dijo Sei.

Y día tras día, cuando regresaba de los campos, descubría que la joven había tejido piezas aún más hermosas y delicadas.

El muchacho estaba muy contento y agradecido por todos aquellos magníficos tejidos. No obstante, la curiosidad lo estaba matando. Todo el tiempo se preguntaba cual sería el secreto de la jovencita.

—Por favor —le rogó un buen día—, dime cómo haces tantas telas ten bellas.

Pero una vez más la mujer inclinó la cabeza.

—No puedo decírtelo —le dijo—. Recuerda tu promesa.

Después de muchas semanas, la curiosidad de Sei lo venció. Una tarde, mientras caminaba hacia la casa, vio la ventana de la sala de tejido.

—No puede hacer ningún daño si solo miro —susurró, y tan silenciosamente como pudo, se dirigió de puntillas a la ventana y miró dentro.

Casi se derrumbó ante la vista que encontró su mirada. Allí, frente al telar, no estaba la joven tejedora sino una enorme araña con ocho patas, tejiendo a partir de un hilo plateado infinitamente largo que ella misma producía.

Sei contuvo el aliento y la miró con los ojos muy abiertos. Entonces recordó a esa pequeña araña que había salvado en el campo, y entendió que esa era su recompensa.

Ahora no sabía cómo expresar su propia gratitud, se sintió avergonzado por haber roto su promesa. A pesar de todo, podía ver que la araña necesitaría más algodón pronto.

A la mañana siguiente, partió antes del amanecer hacia un pueblo lejano para comprar algodón. Cuando tuvo el paquete, lo levantó sobre su espalda y emprendió el largo viaje a casa.

Se cansó del peso, y así, al llegar a la cima de una larga pendiente, se detuvo y se sentó en una roca para descansar. Cerró los ojos y no se dio cuenta de que había una serpiente, la misma a la que había echado semanas atrás. Pero la serpiente sí que lo notó y al ver su oportunidad, se deslizó dentro del bulto de algodón.

Cuando Sei llegó a casa, le entregó el paquete a la tejedora.

—Muchas gracias —dijo ella, inclinándose—. He usado todo el algodón.

Luego sonrió y desapareció en la sala de tejido.

Una vez más se transformó en una araña y comenzó a consumir el algodón, tragando lo más rápido que podía para convertirlo en hilo de plata. Cuando llegó al último paquete, allí la esperaba la serpiente, quien abriendo mucho la boca, la mordió.

Aterrorizada, la araña salió corriendo tan rápido como sus patas se lo permitían y saltó por la ventana.

La serpiente fue detrás de ella y la atrapó afuera de la casa de Sei. Justo cuando estaba a punto de tragársela, un deslumbrante rayo de sol cogió el borde de un hilo de algodón que sobresalía de la boca de la araña. de un tirón, el sol la levantó y la llevó más y más alto, hacia el cielo donde no viven las serpientes.

Para mostrar su gratitud, la araña usó todo el algodón que había tragado, y en vez de tejer tela tejió nubes esponjosas y delicadas en el cielo.

Y es por eso que, en japonés, la palabra «kumo» significa nube y araña.

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