Cuentos de Hadas

La Reina de las Nieves (6ta parte)

Durante el capítulo pasado de nuestro cuento, vimos como la carroza de la pequeña Gerda había sido asaltada por un grupo de bandidos en el bosque. Y si la niña se salvó de ser cocinada por la matriarca de esos ladrones, fue gracias a su hija, una chiquilla tosca que de inmediato quiso jugar con ella. Gerda le contó toda su historia y como había ido a parar al palacio de los príncipes, buscando a su amigo Kai.

Al llegar al sitio donde vivía con su numerosa familia, la muchacha llevó a Gerda hasta su habitación, que se encontraba en un palomar repleto de aves. que aletearon asustadas al escucharla entrar.

—Vas a dormir aquí conmigo y mis animales —le dijo la hija de los bandidos.

Luego agarró a una de las palomas por las patas y la sacudió violentamente.

—¡Todas estas palomas son mías! Las tengo bien amaestradas, pues si no se irían a recorrer el bosque como la chusma —después se acercó a un reno que yacía atado cerca, el cual se echó a temblar nada más verla—,  y este de aquí es Be, mi viejo amigo. ¡Todas las noches le acarició el pescuezo con mi cuchillo y se muere del miedo! —exclamó con malevolencia.

El reno en efecto, sintió que un escalofrío lo recorría al ver como su ama sacaba una daga afilada y se la pasaba suavemente sobre el cuello. Luego se dispusieron a dormir y la niña se tumbo, abrazando a Gerda por el cuello y haciendo que se acostara a su lado.

—¿No dejarás tu cuchillo? —le preguntó Gerda, mirando con nerviosismo la afilada hoja del mismo.

—¡Jamás me separo de él al dormir! —respondió la otra niña, bravamente.

No tardó en escuchar sus ronquidos y la pobre Gerda, sin poder descansar, miró hacia las palomas que tenían algo que decirlo.

—Cu cu, vimos a tu amigo Kai ser llevado por la Reina de las Nieves —le contaron—, iba montado en un largo trineo que voló sobre nuestros nidos.

—Seguramente se dirigía a Laponia —añadió el reno—, allí tiene su residencia de verano. Es un lugar muy bello, lleno de nieve y hielo. Sin embargo, su palacio está más al norte, en las islas Spitzberg.

—¡Oh, mi querido Kay! —se lamentó Gerda.

Tras haber amanecido, le contó a la pequeña bandida lo que las palomas le habían dicho y esta se quedó pensativa. Luego se dirigió a su reno y le preguntó si él conocía Laponia.

—¡Pues claro! Si allí nací y allí me crié —respondió él con nostalgia.

—Bien, te voy a dejar en libertad para que lleves a mi amiga, pero tienes que asegurarte de que se encuentre a salvo —entonces preparó un fardo con pan y jamón para Gerda, y le devolvió sus zapatos, pues iba a ser mucho frío—. Me voy a quedar con tu manguito, pues es muy lindo. Y te doy las manoplas de mi madre para que te cubran los brazos.

Dándole las gracias, Gerda partió hacia Laponia montada en el reno…

CONTINUARÁ…

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Erika GC

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