Leyendas Infantiles Cortas

La leyenda de la muñeca Matrioska

Cuenta una antigua leyenda de Rusia que hace mucho tiempo, vivía en el bosque de Siberia un carpintero que se dedicaba a tallar cosas con la leña que sacaba de los árboles. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para cortar los mejores troncos, con los que hacía juguetes, muebles y demás objetos. Pero un día muy crudo de invierno, cuando salió de su cabaña, se dio cuenta de que el camino había sido cubierto completamente por la nieve.

Sería muy difícil ir a cortar árboles.

Elevando la mirada al cielo para pedir un poco de suerte, se puso a buscar madera debajo de la nevada, pero toda estaba tan mojada, que con suerte y apenas le serviría para calentar su chimenea.

De pronto, el carpintero vio que un rayo de sol iluminaba un tronco completamente seco y al verlo se quedó fascinado. Era por mucho el más bello que había visto jamás en bosque, liso, perfecto y de un color precioso que no se veía muy a menudo en ningún árbol.

Decidió llevárselo a su casa y tras pensar con mucho cuidado en lo que haría con él, terminó tallando una linda muñeca a la que llamó Matrioska.

Era tan hermosa y tan fina, que en vez de llevarla a vender al mercado se la quedó para él y la colocó a un lado de su cama. Todas las mañanas desde entonces, al despertar la saludaba: “Buenos días, Matrioska”. Y para su sorpresa, la muñeca la respondía: “Buenos días, carpintero”. Cuando se dio cuenta de esto, él se puso muy feliz de tener a alguien con quien hablar.

Ambos se volvieron muy buenos amigos. Pero un día, el hombre la notó muy triste.

—¿Qué te pasa, Matrioska? —le preguntó.

—Ay, es que de repente me han dado ganas de ser mamá —respondió ella—, ¿no podrías tú cumplirme ese deseo?

—Sí, pero para lograrlo tendría que abrirte y sacar madera de tu interior. Y temo que eso te va a doler mucho.

—No importa —dijo ella—, las cosas más bellas de esta vida requieren algún sacrificio.

Y así, Matrioska se dejó abrir y el carpintero talló con la madera de su interior otra muñeca, a la que llamó Trioska. Pero con el paso del tiempo, ella también quiso ser mamá y tuvieron que abrirla igual que a la primera. La tercera muñeca que se talló recibió el nombre de Oska.

Cuando ella quiso tener su propio bebé, el carpintero se dio cuenta de que estaba en problemas, pues ya casi no quedaba madera para tallar más que otro muñequito, muy diminuto. A este pues, le pintó un bigote para que fuera masculino.

—Tú eres hombre —le dijo— y no puedes tener hijos.

Ahí se termino el deseo maternal de las muñecas. Y entonces, Matrioska y toda su familia se dedicaron a vivir siempre juntos y felices. Para no separarse, solían meterse los más pequeños dentro de los más grandes. Hasta el día de hoy, las Mastrioskas son las muñecas más queridas de Rusia.

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Erika GC

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