Esta leyenda es bastante antigua y se cuenta a los niños en tiempos de Navidad. Era la noche antes de Navidad y el niño Jesús acababa de nacer en el pesebre. Desde Oriente, los Reyes Magos habían partido cargados de regalos para adorarlo, siguiendo a la famosa estrella de Belén. Pero a mitad de camino, la perdieron de vista y de pronto se encontraron sin saber que camino tomar.

—¿Dónde se habrá metido esa estrella? ¡Hace un momento estaba en el firmamento! —exclamó Melchor.

—Quizá se ocultó detrás de una nube —dijo Baltasar.

—¿Y ahora cómo vamos a hacer para llegar hasta el niño Jesús? —inquirió Gaspar, preocupado.

Los tres hombres se pusieron a pensar y resolvieron que preguntarían a las personas que encontraran en el sendero. La primera fue un pastor, que regresaba a su casa luego de un arduo día de trabajo en el campo. No obstante, cuando le preguntaron por la estrella, él no les supo decir donde se encontraba.

—¿Una estrella? ¿Cómo va a haber estrellas en el cielo, con esas nubes negras? —dijo—, yo no he visto ninguna estrella, la verdad sea dicha.

Decepcionados, los Reyes Magos siguieron avanzando, y se toparon con un niño, al que también preguntaron por la estrella.

—Yo vi una estrella hace rato, resplandeciendo en lo más alto del cielo —les dijo él—, pero de repente dejó de brillar y no sé donde se habrá metido. Mis papás nunca me han platicado de ese lugar al que van ustedes… ¿Belén, se llamaba? Nunca he estado ahí.

Los viajeros le dieron las gracias y continuaron andando, preocupados. Estaban a punto de perder toda esperanza de conocer a Jesús, cuando en su camino se atravesó una anciana de blancos cabellos, que iba montada sobre una escoba. Era la bruja Befana, toda vestida de negro. La gente huía de ella porque siempre estaba sola y se decía que hacía cosas muy malas por ser una hechicera.

Lo cierto es que Befana no era mala en realidad, aunque sí estaba un poquito amargada. Nadie la comprendía, ni quería ser su amigo.

Esa noche, ella fue la única persona que pudo decirles a los Reyes Magos donde se encontraba la ciudad de Belén.

—¡Conozco bien ese sitio! Una vez, me puse a caminar tanto y tan lejos, que termine llegando hasta ahí. Solo tienen que seguir por este sendero.

Muy contentos, los tres hombres le dijeron que los acompañara para conocer al pequeño Jesús. Pero Befana se rehusó.

—¡Tengo muchas cosas que hacer como para ir tan lejos!

Sin más, los Reyes Magos se alejaron hacia Belén. Poco después de que se perdieran en la distancia, Befana se arrepintió de no haberlos seguido y fue a buscarlos, más era ya demasiado tarde. No los encontraba por ninguna parte. Por un instante se sintió muy triste.

A partir de ese momento, Befana llevó consigo un saco lleno de sabrosos dulces, de los cuales siempre obsequiaba uno a cada niño que se cruzaba en su camino. Ella pensaba que cualquiera de ellos podía ser el niño Jesús, al que quería pedirle perdón por haberse negado a verlo y compartir el amor de sus seres queridos.

Mucho tiempo después se enteró de que Jesús la había perdonado, pues al ser buena con todos esos pequeños, lo había sido con él, que quería a todas las personas del mundo.

Desde entonces, en Navidad, es costumbre que los niños reciban dulces, en honor al buen corazón de la bruja Befana. Como ella, tú también abre tu corazón y anímate a dar un regalo, una sonrisa o un abrazo a quienes te rodean.

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