Historias de la Biblia para Niños

Juan el Bautista

Había una vez un hombre llamado Juan el Bautista, que en realidad era uno de los primos de Jesús. Él se convirtió en predicador y empezó a enseñar a los demás a pedir perdón por las cosas que habían hecho mal. Juan quería ayudar a otros a cambiar sus vidas, para que pudieran convertirse en personas buenas y maravillosas.

Si hacía todo esto, no era para ser mejor que Jesús, sino por ayudarlo. Al mostrar a otros que necesitaban a Dios en sus vidas y que podían arrepentirse por sus errores, los estaba para escuchar a Jesús mismo en persona.

Juan deseaba vivir una vida simple. Para él, tener muchas cosas no era importante; en cambio, viajaba por el desierto y les contaba a los demás sobre las cosas hermosas que Dios le estaba concediendo en su vida, al igual que se las podía conceder a ellos.

Nunca entraba en mansiones grandes, no cenaba banquetes, ni dormía en una cama cómoda y agradable. De hecho, Juan no tenía hogar y a veces le tocaba dormir en las calles. Otras noches era invitado a quedarse con amigos que hacía durante el viaje. Para comer, cazaba insectos como los saltamontes y les agregaba un poco de miel salvaje.

Cada vez que la gente escuchaba que Juan estaba en su pueblo, llegaban de todas partes para escucharlo, pedir perdón por sus pecados y bautizarse.

Cierto día, unos hombres muy ambiciosos, conocidos como los fariseos, acudieron a escuchar a Juan. Y él les hizo una advertencia muy estricta:

—Necesitaban arrepentirse por las cosas malas que han hecho y pedir perdón por sus errores.

Pero estos sujetos no creían que estuvieran haciendo nada malo, ni se arrepentían de nasa. Así que Juan no los bautizó.

Cuando la gente iba con Juan para bautizarse, se preguntaban si él era el Salvador que habían esperado. Juan los escuchaba y siempre les respondía lo mismo:

—Te estoy bautizando ahora, pero muy pronto vendrá alguien más grande que yo. Es tan maravilloso, que si me pidiera que llevara sus zapatos sería para mí un honor increíble.

Juan continuó predicando y bautizando personas, hasta que un día, Jesús fue a bautizarse. Juan no sabía qué hacer, todo lo que pensaba era: «¿Cómo podría yo, un hombre común, bautizar a Jesús, el Salvador del mundo?»

En ese momento, Juan le dijo a Jesús:

—Tú deberías bautizarme. Yo mo puedo bautizarte, Señor.

Jesús le respondió:

—Es importante que haga esto ahora. Estoy listo y quiero ser un ejemplo para los demás y mostrarles lo que es importante.

Entonces Juan tomó a Jesús y lo bautizó. Puso su mano sobre su espalda y lo tendió en el agua. Tan pronto como Jesús fue bautizado, el cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió como una hermosa paloma blanca, aterrizando justo sobre el hombro de Jesús.

—Este es mi Hijo —habló una voz desde el cielo—, lo amo y estoy contento con él.

a partir de entonces, Juan y Jesús fueron buenos amigos.

Al igual que cuando Jesús murió, fue enterrado y resucitó, cada vez que nos arrepentimos y nos disculpamos, estamos deshaciéndonos de todas las cosas malas que hemos hecho. Entramos en el agua para limpiar nuestros pecados. Luego, al salir del agua, somos una persona completamente nueva para Dios.

Es por eso que el bautismo es importante, Jesús se aseguró de dejarnos una valiosa enseñanza antes de subir al cielo. Él dijo:

—Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que te he mandado.

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