El sacrificio de Isaac

Publicado por: Erika GC

Cuenta la Biblia que existía un hombre muy bueno y justo, llamado Abraham. Él siempre confiaba en Dios por sobre todas las cosas, jamás cuestionaba sus designios y se preocupaba de ser amable con las personas que le rodeaban.

Abraham tenía una mujer, Sarah, con la cual por mucho tiempo había deseado tener un hijo. Pero los años pasaban y ambos se hacían cada vez mayores sin experimentar el regalo de la paternidad.

Hasta que llegó el día en que Dios se apiadó de ellos e hizo que Sarah concibiera a un hermoso varón, al que llamaron Isaac. Desde el primer momento, Abraham amó a ese niño más que a su vida misma y se propuso enseñarle a ser un joven de bien, obediente al Señor y bondadoso con los otros.

Cuando Isaac creció, era un siervo tan devoto de Dios como su padre mismo. Ambos se tenían mucha confianza e Isaac jamás reclamaba cuando Abraham le ordenaba hacer algo.

Un día, el creador quiso poner a prueba la fe de Abraham pidiéndole algo terrible.

—Abraham —le habló desde lo alto del cielo—, quiero que tomes a tu hijo y suban juntos hasta el monte más alto de tus tierras. Allí, tendrás que sacrificarlo en mi nombre.

Abraham, muy consternado y lleno de tristeza, se retiró a buscar a su hijo sin atreverse a replicar. Él siempre decía que el Señor sabía porque hacía sus cosas y no iba a empezar a cuestionar sus designios.

Llamó pues a Isaac y le dijo que irían a construir un altar en lo alto de una montaña. Al llegar hasta la cumbre, colocaron ramas para encender una hoguera, pero el muchacho se extrañó al ver que no habían llevado ningún animal con ellos.

—Padre, ya tenemos fuego y leña, ¿pero dónde está el cordero?

—No te preocupes, hijo. Dios nos lo proveerá.

Y siguieron avivando el fuego. Cuando terminaron, Abraham ató las manos de su hijo, lo colocó en el altar y sacó su cuchillo para sacrificarlo. Pero antes de que pudiera tocarlo, Dios le volvió a hablar.

—¡Alto, Abraham! —le dijo— No sacrifiques al muchacho. He visto en tu corazón y me he dado cuenta de que no hay dudas en él. Por eso debes tener la dicha de ver crecer a tu primogénito.

Dios alumbró entonces un matorral en las cercanías y allí, Abraham vio a un precioso carnero cuyos cuernos se habían enredado en las ramas. Llenó de felicidad, desató a Isaac y entre los dos cogieron al animal para sacrificarlo en nombre del Señor.

Aquel premio era la prueba de que Dios estaba contento con la lealtad de Abraham.

Él en ningún momento había dudado de sus órdenes, había mencionado que él les proveería el cordero y así había sucedido.

Cuando Isaac y él volvieron a casa, se juraron que jamás olvidarían la lección tan grande que el creador les había dado. Abraham vivió una larga vejez, contemplando crecer a su hijo y a los numerosos nietos que más adelante tuvo.

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Publicado por: Erika GC

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