El ropavejero

Publicado por: Erika GC

Cada vez que Juanito se portaba mal, su madre le hacía aquella terrible amenaza, que con solo ser llevada por el viento hacía temblar a todos los niños del pueblo:

—Si no me haces caso, va a venir por ti el ropavejero y te va a llevar —le decía muy enojada, pues Juanito era un niño muy inquieto al que le encantaba hacer travesuras y nunca la tomaba en serio.

Y a todo esto, ¿quién era el ropavejero?

El ropavejero, según contaban los mayores, era un hombre grande y muy viejo, vestido con ropas estrafalarias y que siempre llevaba un enorme saco al hombro. Nadie sabía lo que había en ese saco. Él aseguraba que se trataba tan solo cachivaches para vender, pero en el pueblo decían otra cosa. Decían que era allí donde metía a los niños que se portaban mal, primero la piel, luego loe huesos de uno en uno.

Y una vez que los tenía bien asegurados dentro del morral, se marchaba para no volver en mucho tiempo, pero ellos jamás regresaban.

A Juanito todo eso le parecían chismes de viejas.

—Si viene el ropavejero, ¡pues que me lleve! —decía temerariamente al jugar en las calles— No le tengo miedo. ¡Le voy a dar una buena tunda para que no se meta conmigo!

Los otros niños lo admiraban por su valentía, pero sería cuestión de tiempo para que Juanito aprendiera una importante lección. Un día cálido de verano, el sonido de una campana despertó a los habitantes que dormían en sus casas, seguido de una estridente voz:

—¡Compro, vendo, cambio cachivaches! —exclamaba el recién llegado— ¡Compro, vendo, cambio enseres que tenga o quiera tener!

Cuando Juanito se asomó por la ventana y lo vio, sus ojos se abrieron de la impresión y de repente se puso pálido. Aquel hombre que gritaba a los cuatro vientos era el ropavejero. Sintió la mirada del niño sobre él y volteó a su ventana, esbozando una sonrisa maliciosa.

—Compro, vendo, cambio cachivaches —murmuró, de tal manera que el viento le pudo llevar sus palabras solamente a Juanito, quien sintió un escalofrío correr por su espalda—, pero también me quedo con los niños traviesos que no escuchan a sus madres.

Lleno de miedo, Juanito fue a esconderse bajo las faldas de su madre y lloriqueó.

—¡No dejes que me lleve, mamá! ¡No dejes que el ropavejero me lleve!

—¿De qué estás hablando, hijito? ¿Quién te va a llevar? —preguntó ella— A veces tienes una imaginación demasiado activa.

El ropavejero se alejó dando campanadas y gritando. Juanito no se despegó en todo el día de su madre hasta que aquel siniestro hombre se fue tan rápido como había llegado. Desde aquel día, el niño obedeció a su mamá en todo. Ya no hacía travesuras y siempre se iba a dormir temprano.

Y lo que hemos aprendido de este cuento infantil corto, es que debemos siempre escuchar y obedecer a nuestros mayores, pues ellos quieren nuestro bien y saben lo que es mejor para nosotros.

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Publicado por: Erika GC

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