Fábulas de Esopo

El perro, el gallo y la zorra

Había una vez un gallo viejo, al que su amo ya no necesitaba en la granja, pues se había conseguido a uno más joven. Pero él todavía podía cantar con el alba y no sabía que hacer. Fue entonces que se le acercó un perro, a quien tampoco necesitaban para cazar. Su olfato seguía siendo excelente, sin embargo ya no corría tan rápido como antes.

—Ven conmigo y vámonos juntos de viaje —le dijo el perro—, tú me despertarás temprano por las mañanas y yo iré a cazar para que comamos ambos. Así estaremos bien, hasta que encontremos un nuevo lugar donde vivir.

Al gallo le gustó la idea y juntos se fueron a viajar por el mundo. Hicieron como el perro decía y pronto se convirtieron en grandes amigos.

Una noche se detuvieron para dormir a un lado del sendero. El perro se echó a los pies de un tronco robusto, mientras el gallo se subió a una rama para descansar en las alturas. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, escuchó que alguien le hablaba de hasta abajo y cuando miró, se sintió muy asustado. Había una zorra, mirándolo con sus ojos astutos.

—Saludos, querido amigo —le dijo ella, fingiendo amabilidad—, pasaba por aquí y no he podido dejar de notar tu presencia. ¿Qué hace un amiguito como tú por estos lares?

—Estoy buscando una nueva granja donde vivir.

—Ah, seguro que la encontrarás pues tú cantas muy bonito.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó él con suspicacia.

—Pues porque te escuché esta misma mañana, mientras estaba cazando a la distancia. Tu canto es en verdad precioso.

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Aunque el gallo se sintió muy halagado, tuvo cuidado de no bajar en ningún momento de la rama. Conocía bien a los animales como la zorra y sabía lo bien que podían engañar, con tal de conseguir lo que querían. Ella vio que dudaba y puso aun más empeño en ganarse su confianza, ya que lo que realmente quería era comérselo.

—¿Por qué no bajas para que podamos conversar mejor? Te aseguro que no muerdo.

—No, gracias —le dijo el gallo—, ya es muy tarde y tengo que dormir. Si no, mañana no cantaré a tiempo.

—Entonces baja para que te de un beso antes de dormir. Me encantaría besar a un animal con una voz tan linda.

—Bajaré, pero primero tienes que despertar a mi amigo, que está durmiendo al pie del árbol. Pues si no, él no me dejará bajar.

Fue la zorra entonces a despertar al perro, quien al verla, inmediatamente se lanzó sobre ella y le hincó sus dientes. Y así fue como la muy incauta no pudo volver a acechar a ningún otro animal indefenso.

Moraleja: Como el gallo, es inteligente buscar ayuda cuando nos sentimos amenazados por alguien que nos quiere hacer daño. Si alguna vez alguien se te acerca con malas intenciones, no tengas miedo de recurrir a quienes pueden protegerte, como tus padres, tus amigos o tus maestros. Nunca debemos avergonzarnos cuando necesitamos apoyo.

El perro, el gallo y la zorra 1

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Acerca del autor

Erika GC

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