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El perdón de la muerte

Esta es la historia de un hombre muy viejo, que desde niño había vivido en lo más profundo del bosque. Su padre le había enseñado desde temprana edad a cortar la madera, que luego podía usar en casa o llevar a vender en el mercado del pueblo. Él siempre le había mostrado que había que esforzarse en la vida y trabajar de manera honesta para conseguir las cosas que uno quería.

—Si perseveras y das lo mejor de ti en cada cosa que hagas, la gente confiará en ti y nunca te faltará nada —solía decirle.

Sin embargo su hijo había sido perezoso desde niño y cada vez que salían a buscar madera, se quejaba y se lamentaba de lo injusto que era tener que trabajar todos los días.

Ahora era un leñador muy anciano y amargado, al que no le quedaba más remedio que seguir siendo leñador ara mantenerse. Cada mañana al levantarse, lo primero que hacía era ponerse a refunfuñar.

—¡Ya estamos de nuevo! Un hombre tan viejo como yo no debería trabajar así.

Y así seguía quejándose durante el resto del día, hasta que llegaba la hora de dormir y se marchaba a la cama con el mismo malhumor.

Un día, mientras cargaba unos cuantos leños para llevar al pueblo, el anciano se detuvo a medio camino y tiró la madera al suelo, cansado de la vida que llevaba.

—¡Ay de mí, si tengo que soportar un día más! ¡Ojalá viniera la Muerte para que pudiera descansar de una vez por todas!

La Muerte, al escuchar su petición, se presentó ante él vestida con una larga túnica negra. El leñador se quedó impactado y muy asustado, ¡no pensaba que sus palabras iban a dar resultado!

—Aquí estoy, escuche que me llamabas —le dijo la Muerte—, fuiste tú el que demandaba mi presencia, ¿verdad?

—Sí, señora mía —afirmó el viejo, temblando de pies a cabeza— me preguntaba si sería usted tan amable de ayudarme a cargar estos leños tan pesados. Es que a mi edad, mis huesos ya no soportan como antes el trabajo pesado.

—Eso tiene fácil solución, si quieres, te puedo conceder el descanso eterno — sugirió la Muerte.

—¡No, gracias, mi señora! Justo acabo de darme cuenta de lo mucho que amo la vida. Si tengo que seguir trabajando, ¡pues que se le va a hacer!

—Muy bien, entonces vendré a buscarte en unos años. Mientras tanto, vive con alegría —le deseo la Muerte antes de despedirse.

A partir de entonces, el viejo leñador dejó de lamentarse por todo y cada día se despertaba con una sonrisa, listo para salir a buscar madera y dispuesto a dar lo mejor de sí.

Moraleja: La vida es preciosa, aunque tengas que trabajar muy duro para que valga la pena. Por eso, nunca te quejes cuando debas esforzarte, pues hay personas que darían todo por tener un día más de vida, mientras otros que tienen salud o trabajo para salir adelante, solo se lamentan sin darse cuenta de lo afortunados que son.

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Acerca del autor

Erika GC

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