Leyendas Infantiles Cortas

El origen de la niebla

Cuenta una antigua leyenda que hace miles de años, habitaban en la tierra dos razas distintas: los inuits y los tuniq. Los inuits eran seres humanos de estatura normal, mientras que los tuniq eran gigantes imponentes, aunque torpes y tontos.

Un buen día, uno de los inuits salió a pescar para poder alimentar a su familia, sin embargo no tuvo suerte. Ni un solo pez iba a parar a las redes. El pescador buscó por todas partes sin lograr capturar nada… hasta que de pronto, a lo lejos, distinguió la silueta de una persona en la lejanía y decidió acercarse.

Mientras más se acercaba, más grande se hacía dicha sombra y para cuando se dio cuenta de que aquello era un tuniq, era demasiado tarde. El gigante había notado su presencia. El inuit se tumbó en el suelo y fingió estar muerto para engañarlo. por lo cual el titán lo levantó y se lo llevó para cocinarlo en su casa. Pero el hombre, que no era nada bobo, se las arregló para ir recogiendo piedras mientras colgaba del hombro del monstruoso ser, provocando que se fatigara al cargar más peso del que podía soportar,

Finalmente, el tuniq lo dejó en un rincón de su casa mientras tomaba una siesta para recuperar las fuerzas.

El inuit esperó a que se quedara profundamente dormido para levantarse y escapar corriendo. Para su mala suerte, fue visto por la esposa del gigante, que estaba recogiendo leña en las afueras. La espantosa mujer echó a correr tras él hasta que llegaron a un río.

El hombre era pequeño pero ágil; tomó impulsó en la orilla y consiguió dar un salto que le hizo llegar al otro lado del río. La tiniq, que no había visto nada, se veía muy molesta.

—¿Cómo hiciste para llegar hasta allá tan rápido? —le preguntó.

—Es que me bebí toda el agua y después de cruzar, la devolví a su sitio.

De inmediato, la mujer del gigante se puso a beber y a beber sin control. Mientras tanto, el inuit volvió a aprovechar la situación para escarpar rumbo a su casa. La enorme esposa del gigante seguía bebiendo. Su estómago se hinchó de una manera espantosa y al no poder más, estalló, liberando diminutas gotitas de agua por todas partes. Estas gotitas fueron atrapadas por el viento y esparcidas en el aire, formando lo que hoy conocemos como la niebla.

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