El nacimiento de la Luna y el Sol

Publicado por: Erika GC

Cuentan los mitos mexicanos que hace mucho tiempo, la Tierra estaba envuelta en una total oscuridad, pues no existía un sol que alumbrara y diera calor a los seres vivos. Dándose cuenta de esto, los dioses decidieron reunirse en la gran ciudad de Teotihuacán, que estaba en el cielo. Había entre los hombres un lugar que era como la sombra de este paraíso, con sus grandes pirámides y amplias calles de piedra, al que le pusieron el mismo nombre.

Después de mucho deliberar, los dioses decidieron encender una enorme hoguera entre los habitantes de dicha ciudad para crear el sol. Pero no sería tan sencillo.

Aquel que quisiera convertirse en el sol y arder en el firmamento por la eternidad, tendría que meterse en la hoguera y dar su vida para iluminar a la creación. Por supuesto, no todos estaban dispuestos a hacer tal sacrificio, más había dos personas que querían hacerlo.

La primera era un hermoso y fuerte guerrero, rico y muy vanidoso. Constantemente andaba repartiendo oro y piedras preciosas entre sus amigos para hacerles ver que era muy generoso.

La segunda, era un hombre débil y muy pequeño, con el cuerpo cubierto de llagas y que vivía en la más absoluta pobreza. Lo único que tenía para ofrecer a los demás, eran sus buenos sentimientos y sus ganas de trabajar honradamente. A pesar de ello, el guerrero presumido siempre lo hacía menos y se burlaba de él.

Llegó el día del sacrificio y en el último instante, el gran guerrero se acobardó y retrocedió, temeroso de morir incinerado. El hombre pequeño, sin embargo, avanzó valientemente y se consumió en las llamas, de entre las cuales salió convertido en una estrella de fuego que se elevó hasta el cielo. Era el Sol, el astro más majestuoso y noble que había entre las estrellas.

Cuando las personas de Teotihuacán lo contemplaron llenas de admiración, el guerrero se sintió morir de celos y por pura envidia, se lanzó también en la hoguera, de la que salió transformado en un segundo sol.

Y esto inquietó mucho a los dioses, que sabían que no podían existir dos soles en la bóveda celeste. Así que decidieron apagar al segundo, pues su sacrificio no había sido sincero. Tomaron un conejo e hicieron un nudo en sus orejas, por el cual empezaron a balancearlo. Luego lo lanzaron con fuerza hacia el último sol, cuyo resplandor se apagó al instante, quedando la huella del conejo en su superficie.

Ese sol tardío y sin luz se convirtió en la luna, que a partir de entonces tendría que salir solamente de noche para purgar su vergüenza.

Es por eso que hasta hoy en día, si miras con atención, reconocerás las orejas de un conejo en ciertas noches de luna menguante. Y también es la razón de que hasta el presente, le debamos tanto al astro rey que nos cuida con su luz y su calor. Él va a vivir en el cielo, hasta que los hombres sigan albergando sentimientos honestos.

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Publicado por: Erika GC

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