Fábulas de Esopo

El lobo y el perro

En el bosque vivía un lobo muy ágil, que constantemente tenía que cazar su comida para poder sobrevivir. A veces atrapaba liebres, pájaros o pequeños roedores. Como le habían enseñado a hacerlo desde pequeño, nunca le faltaba nada con que llenarse el estómago pero después de tanto tiempo haciendo lo mismo, el lobo empezaba a cansarse.

—¿Será que tengo que pasar así toda la vida? ¿Cazando a otros animales para vivir? —se preguntó, mientras daba vueltas dentro de la cueva en la que vivía— Me pregunto si no habrá una manera más sencilla, al fin y al cabo, esto de la caza me está aburriendo mucho.

Con esta duda se fue a dormir por la noche, hasta que amaneció y tuvo que salir a buscar presas de nuevo.

En el camino divisó a lo lejos una cabaña, a la cual se acercó con curiosidad. Allí divisó a un enorme perro, el cual dormía en el pórtico de la casa y junto a él, tenía un gran plato lleno de carne. Al lobo se le hizo agua la boca con tan solo mirarla.

—Saludos, amigo —lo saludó el can—, ¿qué te trae por aquí?

—Ser curioso, simplemente —dijo el lobo—, ¿cómo es que estás durmiendo y tienes tanta comida para ti? ¿No cazas como los demás animales?

—Yo no necesito cazar, el humano con el que vivo se encarga de mí —dijo el perro—, él me alimenta, me da un techo bajo el cual vivir y hasta es mi amigo. Por eso puedo dormir y comer cuanto quiera.

—Pero que vida tan fabulosa tienes —dijo el lobo con envidia—, yo quisiera poder decir lo mismo, estoy harto de buscar animalillos en el bosque.

—Es muy fácil si lo intentas —dijo el perro—, solo tienes que ser obediente y hacer todo lo que los humanos te digan. A cambio, puedes tener todo esto y más.

—¿De veras? —al lobo se le iluminaron los ojos al imaginar aquello.

—Seguro que sí, deja que te enseñe —el perro se puso de pie y fue entonces cuando el lobo notó, perturbado, un detalle del que no se había dado cuenta al principio.

El can tenía un collar enorme en torno al cuello, del cual estaba sujetado por una gruesa cadena.

—¿Y eso? —le preguntó, con los ojos muy abiertos.

—Ah, esto. Mi humano me encadena todos los días para que no vaya de su casa —respondió el perro como si nada—, al principio es molesto, pero uno se acostumbra. Oye, ¿a dónde vas? —cuestionó, al ver como el lobo comenzaba a marcharse— ¿No quieres que te enseñe a ser un animal obediente?

—Me regreso a mi casa, prefiero seguir esforzándome en el bosque a cargar con semejante cadena —le dijo el lobo—, ningún placer vale la pena si a cambio de eso, debo dejarme humillar por otros.

Moraleja: Es mejor trabajar muy duro que vivir en libertad, que dejarse esclavizar por otros a cambio de privilegios. Siempre sé tú mismo y no sacrifiques tu libertad por nadie.

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Acerca del autor

Erika GC