Fábulas de Esopo

El lobo y el cordero en el arroyo

Una vez, un lobo decidió bajar hasta un río para distraerse un poco del hambre que tenía. Hacía días que no conseguía cazar nada decente, pues por desgracia, sus presas eran más astutas que antes. Ya ninguna se quedaba sola ni se acercaba a él, convencida de que les haría daño. ¡Y eso como lo hacía rabiar!

—Tengo tanta hambre que sería capaz de comerme a un jabalí completo —murmuraba, de camino al arroyo.

Ahí no encontró a ningún jabalí, sino a un pequeño cordero que más abajo, bebía tranquilamente de las aguas. El lobo pensó que era su día de suerte, aunque no podría bajar hasta donde él se encontraba sin que se diera cuenta y echara a correr. Así que decidió idear otra manera de atraparlo: lo acusaría falsamente con las peores calumnias, a fin de que el animal tuviera que acercarse a él para pedirle disculpas.

Y una vez que lo tuviera enfrente, pobre cordero, pues nadie podría salvarlo. Así pues, se aclaró la garganta y le llamó la atención:

—¡Oye tú, cordero! ¡Estás enturbiando mi agua! —le gritó— ¡Mira lo cerca que estás bebiendo del río! Solamente lo contaminas para todos los demás, que queremos saciar nuestra sed.

—¿Pero qué dices? Si apenas estoy tocando el agua con los labios —le dijo el corderillo, sin dejarse amedrentar—, además es imposible que yo pueda ensuciar la que tú estás bebiendo, ya que estás más arriba que yo. Y yo nunca podría subir hasta allí.

—Ya, ¡solo dices excusas para no venir a disculparte como es debido!

—Más bien eres tú él que solo está buscando pretextos para que me acerque a ti, pero eso no va a pasar.

Refunfuñando, el lobo tuvo que buscarse otra excusa para devorarlo.

—¡Pues no creas que no me he enterado de las cosas tan feas que has dicho de mis padres! —volvió a exclamar— Mis pobrecitos padres que no merecían ninguna calumnia. Eso señor, ha sido algo muy desconsiderado por mi parte y exijo una disculpa.

—Ve a otro con ese cuento, no creas que no sé como son las cosas —replicó el cordero—. Cuando tus padres fueron injuriados yo ni siquiera había nacido, ¡y todo mundo sabe que su mala reputación se la han ganado a pulso!

Tuvo que reconocer el lobo que tenía razón y sin más argumentos para reclamarle, se dio la vuelta y empezó a irse por donde había venido.

—Esta vez te dejo en paz pues veo que sabes bien como justificarte —le advirtió—, pero no cantes victoria tan pronto. Un día de estos, cuando no tengas tanta ventaja, te atraparé y entonces serás mi cena. ¡La próxima vez no te dejaré ir!

Y así se acaba este cuento infantil, con el lobo más hambriento que antes y un corderillo que nunca se dejó engañar.

Moraleja: No confíes nunca ni te dejes intimidar por los malvados, pues ellos siempre van a inventarse argumentos para tratar de hacerte daño. Más si eres inteligente, tú puedes responder a todos sin perder la paciencia.

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Erika GC

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