Fábulas de Esopo

El lobo flautista y el cabrito

En lo más profundo del bosque habitaba un grupo de cabritos, que siempre iban juntos a todas partes. Les encantaba comer en un pastizal repleto de hierba verde, pero debían cuidarse mucho de las criaturas salvajes que se los podían comer en el camino. Los lobos especialmente. Por eso nunca se separaban los unos de los otros.

Pero ocurrió que un cabrito muy curioso se fue a caminar más allá de lo permitido y cuando cayó la noche, no logró encontrar el camino de vuelta a casa. Lamentándose por su suerte, se sentó a llorar atrayendo la atención de un lobo despiadado.

—Esta noche me daré un festín —se dijo el lobo relamiéndose, al ver lo gordo que estaba aquel cabrito.

Cuando su presa quiso correr era demasiado tarde, la había acorralado contra una pared de piedra y no había escapatoria.

—Que buena ha de estar tu carne —dijo el lobo enseñando los dientes—, te voy a morder el cuello y en un segundo, todo habrá acabado para ti.

El cabrito, que a pesar de todo era muy inteligente, trató de pensar en una manera de detenerlo.

—Espera —le dijo—, ya sé que voy a convertirme en tu cena, me guste o no. Por eso, antes de morir, me gustaría pedirte un favor. Un último deseo para partir contento.

—Pues bien, ¿qué quieres? —le preguntó el lobo.

—Por ahí escuché de tus excelentes dotes como flautista —respondió el cabrito zalameramente—, dicen que puedes tocar unas melodías tan bellas, que todo el bosque se queda en silencio para escucharte y que no hay nadie que pueda competir con tu talento. Si eso es verdad, me gustaría escuchar una canción. Así al menos podré morir feliz de haber escuchado la más bella melodía.

El lobo, sintiéndose muy halagado por sus palabras, sacó su flauta. Lo cierto es que era terrible con aquel instrumento pero sintiéndose envanecido por tantos cumplidos, se dispuso a tocar lo más fuerte que pudo.

Fue un concierto terrible. El bosque entero, en vez de callar, pareció estremecerse con los desagradables sonidos que brotaban de aquel flautín. Y muy cerca de allí, un grupo de perros feroces que habían salido de caza, se vio sorprendido por aquel ruido que les taladraba los oídos.

Acudieron todos hasta el lugar del que provenía la música y al encontrar al lobo tocando tan despreocupadamente, se abalanzaron sobre él y lo mordieron hasta causarle la muerte.

Mientras tanto, el cabrito aprovechó para escapar y encontró un sendero que se le hacía conocido. ¡Era el camino que conducía a su casa! Cuando por fin llegó, el resto de sus amigos se alegraron mucho de verlo. Se habían pasado todo el día preocupados por él.

—¡Qué bueno que llegas! Pensábamos que te habían devorado —le dijeron.

Desde ese entonces, nuestro alegre protagonista prometió que nunca más se apartaría del grupo.

Moraleja: Antes de arriesgarte con una nueva actividad, asegúrate de tener la capacidad para llevarla a cabo. Hacer las cosas por pura presunción te puede jugar en contra.

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Erika GC

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