Cuentos Infantiles con Moraleja

El increíble Ki

En una lejana aldea de Asia, existía un habilidoso maestro de combate, capaz de pelear a la perfección con sus manos desnudas. Todos en la provincia acudían a él para aprender sus artes y el maestro les enseñaba con humildad. Sin embargo, nadie era capaz de vencerlo. Un día, llegó a vivir al lugar un joven guerrero que había escuchado hablar sobre aquel hombre.

Lo primero que hizo fue acudir hasta su casa para provocarlo, confiando en que lo derrotaría. Al tocar la puerta, un anciano le abrió y le preguntó que deseaba, mostrándose sorprendido al decirle sus intenciones.

—Eso sería arriesgar tu vida, nadie ha sido capaz de vencer al maestro —le dijo—, te recomiendo que regreses a casa.

No obstante, el joven no le hizo caso. Estaba convencido de su talento y era arrogante y orgulloso.

—Yo soy competencia para él, ese hombre debería tenerme miedo —y acto seguido, rompió de un rodillazo una gruesa tabla de madera que se encontraba por ahí.

El anciano ni se inmutó.

El foráneo insistió tanto en ver al maestro, que el viejo le pidió que esperase un momento y desapareció tras la puerta. Cuando volvió, llevaba un largo trozo de bambú en las manos.

—El maestro tiene por costumbre romper pedazos de bambú con las manos —dijo, mientras se lo entregaba al guerrero—, solo quiebra los más gruesos. Si tú no eres capaz de hacerlo mismo, me temo que no podré convencerlo de tu petición.

El joven, sonriendo con prepotencia, se preparó para romper el bambú, al igual que lo había hecho con la tabla de madera. No obstante, el primer golpe lo dejó adolorido y ni siquiera fue capaz de quebrar el tallo. Descargó un segundo golpe, luego otro y otro más, hasta terminar con los músculos agarrotados. El bambú seguía intacto.

—Es imposible —dijo, exhausto—, nadie sería capaz de romper ese bambú de un puñetazo.

—El maestro sí puede hacerlo —replicó el anciano—. Por lo tanto, te aconsejo que desistas de pelear con él hasta que no seas capaz de hacer lo mismo.

Derrotado, el joven renunció y se fue a casa, con la ardiente convicción de entrenar todos los días, hasta ser digno de encontrarse con el maestro.

—¡Juro que voy a superar esta prueba y la próxima vez que vuelva, nos enfrentaremos el uno al otro!

El guerrero entrenó incansablemente durante dos años. Día con día, sus músculos se fortalecían y su concentración se hacía más grande. Finalmente fue capaz de romper varios bambús y cuando se sintió preparado, acudió nuevamente a la escuela del maestro. Allí, fue recibido por el anciano de la vez anterior.

—¿Quieres ver que tan capaz soy de romper bambús? Tráeme los más grandes y pesados que tengas —ordenó el guerrero, sintiéndose poderoso.

El viejo le llevó un gran trozo de bambú sin decir una palabra; mismo que quebró en dos pedazos con un solo puñetazo, a la vez que lanzaba un alarido de guerra.

Satisfecho, se volvió hacia el anciano y le sonrío con arrogancia.

—¿Ahora me ves capaz de enfrentarme con tu maestro?

—Que error tan grande he cometido —dijo el viejo—, se me ha olvidado mencionarte una cosa: el maestro es capaz de romper el bambú sin tocarlo.

—Eso no puede ser —espetó el joven, quien a esas alturas estaba a punto de perder la razón—. ¡No puedo creerte, no puedo creer en ninguna de tus mentiras! Hasta este momento no he visto a ese maestro al que tanto alabas, ¿por qué se esconde? ¿Y por qué iba a creer yo en semejante cuento?

En ese instante, el anciano tomó un enorme bambú y lo ató al techo con una cuerda. El tallo quedó suspendido ante ellos. A continuación, respiró profundamente y sin dejar de mirarlo, exhaló un potente grito que surgió desde lo más profundo de su alma, atravesando las paredes de la habitación. Su mano cruzó el aire como si fuese una espada, a pocos centímetros del bambú, logrando que se quebrara en miles de pedazos.

Anonadado por esta demostración de poder, el guerrero cayó de rodillas, sin habla.

—Por favor —murmuró, después de varios minutos—, sepa perdonar mi prepotencia, maestro. Yo no tenía ni idea. Le pido que me acepte como su discípulo y me permita llamarlo maestro.

El anciano aceptó y desde ese día, el guerrero olvidó todo lo que sabía y se quedó a vivir con él para ser instruido desde cero. Con el tiempo, no solo su cuerpo se fortaleció, sino que también lo hicieron su alma y su corazón.

No fue sino hasta años después que comprendió la gran lección que su maestro le había enseñado: el orgullo y la vanidad son los peores enemigos del conocimiento. Si quieres ser mejor en todo lo que te propongas, debes estar dispuesto a aprender desde la humildad.

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