Fábulas de Esopo

El caballo y el venado

En una pradera muy verde vivía un caballo salvaje al que todos los días le gustaba pastar a sus anchas. Como no había más animales que se acercaran por ahí, tenía todo aquel lugar para él solo, podía trotar en donde le diera la gana y dormir a sus anchas en cuanto caía la noche. Le gustaba pues, vivir solo y como nunca había tenido hermanos ni otros animales con los cuales convivir, no significaba lo que era compartir.

Fue por eso que cuando un venado muy cansado se asomó a la pradera y empezó a alimentarse y a descansar en ella, el caballo se encontró muy disgustado.

No se fijó en que aquel sitio era lo suficientemente grande como para albergarlos a ambos, o en lo exhausto que parecía el ciervo. Él consideraba aquel pedazo del valle como de su propiedad y siendo así, comenzó a urdir un plan para expulsar al intruso de sus tierras.

En las cercanías había una granja en la que habitaba un hombre con algunos animales. El caballo jamás se había acercado por precaución, no fuera a ser que aquel le pusiera las manos encima. Sin embargo, decidió que la situación ameritaba hacer una excepción. Fue trotando hasta allá y asomó la cabeza por la ventana del granjero para hacerle una propuesta.

—Hay un venado extraño que ha entrado en mi pradera —le dijo—, esas tierras son mías y yo no lo he inventado. Pero se me ocurrió que tal vez, a ti podría serte útil. Si vas y lo matas, puedes aprovechar su piel y su carne y la pradera estará libre de nuevo.

El hombre, sorprendido por la actitud tan mezquina de aquel animal, fingió que se lo pensaba un poco.

—Suena interesante, pero tengo una condición antes de ir a matarlo.

—¿Cuál es? —preguntó el caballo, ansioso.

—Lo haré solamente si aceptas que te ponga este fierro en la boca —le dijo, señalándole una brida—. Si me dejas que te monte para ir hasta allá, será más fácil para mí atrapar al venado, ¿entiendes? Ya que la pradera está algo lejos.

El caballo, ingenuamente, aceptó la proposición pensando que muy pronto se libraría de su huésped indeseado.

No fue así, pues apenas le hubieron puesto la brida, el granjero no solo no consintió en regresar al valle sino que lo condujo a los establos. Por su egoísmo y sus malas intenciones, el caballo se había esclavizado a su servicio y ya no podría pastar más en donde le diera la gana.

Más tarde se lamentaría pensando en que habría sido preferible compartir sus pastos, a verse atrapado en aquella granja.

Por su parte, el venado siguió disfrutando de su libertad sin enterarse de lo cerca que había estado del peligro.

Moraleja: Lo que este cuento para niños nos ha enseñado es que no está bien buscar perjudicar a otros, mucho menos sacrificando nuestro propio bienestar. Compartir lo que tenemos es más sencillo y a la larga, nos hará un buen mucho mayor.

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Erika GC

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