Fábulas de Esopo

El aprendiz, la zorra y el lobo

Una zorra quería que su pequeño hijo se convirtiera en el mejor cazador del bosque, así que fue a buscar a un viejo lobo, para preguntarle si él podía enseñarle a cazar. El lobo, viendo lo ilusionada que ella estaba, aceptó tomar al zorrito como su discípulo y le dijo que lo enviara a su cueva. Una vez que el animalillo y él estuvieron juntos, el lobo lo llevó hasta unos corrales de ovejas, para ver si podían robar alguna.

Por desgracia, había unos perros vigilando y tan pronto como sintieron la presencia del lobo y el zorrito, estos tuvieron que huir hasta la cima de una colina.

—Hoy no ha habido mucha suerte —dijo el lobo—, voy a dormir un rato. Tú mientras vigila y si vez llegar a alguna presa, despiértame para atraparla.

El lobo se quedó dormido y al rato, llegaron unas vacas gordas a pastar, por lo cual el zorrito se apuró a despertarlo.

—Esas vacas no vienen solas, ahí abajo hay pastores y perros que se ven muy feroces, podrían matarnos. Déjalas —y dicho esto siguió durmiendo.

Poco después llegaron unas yeguas y el discípulo volvió a despertar a su maestro. El lobo, al verlas, bajó muy sigilosamente y cogió a una de las más grandes por las narices, luego de la cual la devoraron. Tras ver esto, el pequeño zorro se sintió emocionado.

—Maestro, quisiera volver con mi madre pues ahora que te he visto cazar a esa yegua, sé que estoy listo para convertirme en un gran cazador.

Más el lobo no estaba convencido.

—No quisiera que te fueras, pues todavía te falta mucho por aprender. Pero si tanto insistes, regresa con tu madre. Aunque te lo advierto: aun no estás listo para cazar.

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El zorrito no le hizo caso y regresó con su mamá, quien estaba muy sorprendida al verlo de vuelta tan pronto. No obstante para demostrarle sus habilidades, su hijo le dijo que lo siguiera por la colina.

—Voy a dormir un rato, mamá. Tú mientras vigila y si vez llegar a alguna presa, despiértame para atraparla.

La zorra se quedó vigilando y al cabo de poco tiempo, vio como unas vacas enormes se acercaban a la pradera.

—Esas vacas no vienen solas, ahí abajo hay pastores y perros que se ven muy feroces, podrían matarnos. Déjalas —dijo el zorrito y se volvió a dormir.

Más tarde llegaron unas yeguas y la zorra volvió a despertarlo. El zorrito, recordando lo que había hecho el lobo, rápidamente se acercó a la más robusta y la tomó de las narices para intentar llevársela. Pero la yegua era tan brava y él era tan pequeñito, que no fue capaz de hacerle ningún daño.

Tanto así que cuando la yegua se escapó, el zorrito se quedó en el suelo, maltrecho y humillado.

Moraleja: No hay que despreciar los consejos de quienes tienen más experiencia que nosotros. La necedad de pensar que podemos hacerlo todo sin antes esforzarnos lo suficiente, la podemos pagar muy caro.

El aprendiz, la zorra y el lobo 1

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