Cuentos Clásicos para Niños

El agua de la vida (1ra parte)

Había una vez un rey que cayó gravemente enfermo y no tenía nada que aliviara o atenuara sus dolores. Todos los médicos de la corte habían intentado curarlo en vano hasta que, después de largas horas de deliberación, los sabios del reino declararon que lo único que podría salvarlo, sería beber del agua de la vida; un líquido precioso y muy difícil de encontrar. No se conocía a nadie en las cercanías que hubiera logrado dar con él.

—Yo traeré el agua de la vida para mi padre —dijo el hijo mayor del rey, pensando con avaricia en la enorme fortuna con la que sería recompensado si lo lograba.

Montó en su caballo y por el camino, se encontró con un duende que le preguntó hacia donde iba.

—¿Y a ti qué te importa? —le espetó el príncipe groseramente.

Como castigo, el hombrecillo usó su magia para extraviarlo y el muchacho terminó entrando en una garganta tan angosta entre las montañas, que ahí se quedó atrapado con su montura. Al ver que no volvía, el hermano mediano decidió ir a intentarlo.

—Seré yo quien le traiga el agua de la vida a mi padre —anunció, pensando únicamente en obtener él una gran recompensa y humillar al mayor.

De igual manera partió con su caballo y en el camino, se encontró con el mismo duende, quien le preguntó hacia donde iba.

—¿Eso qué te importa? ¡Márchate fuera de mi vista! —exclamó el príncipe de en medio arrogantemente.

En castigo, el hombrecillo volvió a usar su magia para perderlo y el joven fue a parar a un pasadizo tan pequeño en medio de las montañas, que de ahí ya no pudo salir.

Viendo que sus hermanos no regresaban, el hijo menor del rey decidió salir a buscarlos junto con el agua de la vida. Iba cabalgando en su caballo cuando se tropezó con el mismo duende, quien al igual que a los otros príncipes, le preguntó hacia donde se dirigía.

—Voy a buscar el agua de la vida para mi padre, que está muy enfermo —respondió él amablemente—, ¿tú podrías ayudarme, hombrecillo?

—Has sido gentil y humilde conmigo, por lo cual te mereces mi ayuda —le dijo el enano—. Aquí tienes esta vara de oro y estos dos panes. Sigue en tu caballo hasta el palacio encantado y toca la puerta tres veces con la vara. Luego, arroja los panes a las bestias que cuidan el patio para distraerlas. Justo aquí encontrarás la fuente del agua de la vida, pero recuerda salir antes de que den las doce, pues de lo contrario quedarás atrapado allí para siempre.

El muchacho le dio las gracias y continuó su viaje hasta el castillo encantado.

Al llegar, tocó la puerta tres veces con la vara de oro y esta se abrió mágicamente, dejándolo pasar a un hermoso patio en el que habitaban dos bestias feroces. Pero nada más arrojarles los panes, estas lo ignoraron y se pusieron a comer. En ese momento, el príncipe se topó con algo sorprendente…

CONTINUARÁ…

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Erika GC

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