Fábulas de Esopo

El adivino

Este era un hombre que vivía en un pueblo pequeño, y se jactaba de ser un gran clarividente. Todos los días las personas iban a verlo a la plaza, para que les predijera el porvenir. El hombre les leía las palmas de sus manos, tiraba las cartas y miraba dentro de su bola de cristal, antes de responderles con voz misteriosa sobre las sorpresas que les deparaba el destino.

Lo cierto era que el adivino no era tal, sino que le gustaba aprovecharse de la inseguridad de los demás para ganar dinero fácilmente. A todos les endulzaba el oído, haciéndoles creer que ganarían enormes fortunas, que tendrían un mejor trabajo sin esfuerzo o que pronto se encontrarían con el amor de sus vidas. Y todos le creían sin dudarlo, pues sabía muy bien como elegir sus palabras.

Un buen día, mientras se encontraba diciéndole el futuro a algunos incautos, fue uno de sus vecinos a avisarle que las puertas de su casa estaban abiertas de par en par.

—¡Unos ladrones han entrado y se han llevado todo!

Asustado, el adivino fue corriendo a su hogar más cuando llegó era demasiado tarde. Ni una sola de sus posesiones se había salvado del robo. Se echó a llorar ahí mismo, alegando lo injusta que era la vida.

—¿Por qué la fortuna es tan cruel conmigo?

—Ay amigo mío —le dijo su vecino—, tú que siempre te has vanagloriado de ver el futuro de los demás, ¿cómo no fuiste capaz de predecir la desgracia que te ocurriría?

Ante esto, el adivino nada pudo responder. Y desde ese día, nadie volvió a confiar en sus predicciones.

Moraleja: El futuro no está escrito, no hay que dejarnos engañar por aquellos que dicen tener la capacidad para verlo. Tú mismo escribes tu futuro a través de tus acciones y tus decisiones.

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