Cuentos Infantiles con Moraleja

Cada uno con su destino

Había una vez un samurai que a lo largo de su vida, había librado varias batallas. Él era un guerrero fiero y muy poderoso, pero también peleaba por lo que creía que era justo. Nunca había levantado su espada contra nadie que no pudiera defenderse, ni dejado de defender a quienes lo necesitaban. Era pues, un hombre noble y justo. Pero después de tantos años no se sentía lo suficientemente satisfecho consigo mismo. Así que decidió viajar hasta el templo en el que habitaba un monje zen, en busca de respuesta.

Al llegar, se dio cuenta de que el lugar era muy hermoso y se sentía en él una atmósfera de paz absoluta. En el centro de una habitación, el monje meditaba con una sonrisa de serenidad en el rostro.

Cuando lo miró, el samurai inmediatamente se sintió muy inferior a él.

“¿Cómo voy a compararme con este hombre, a pesar de haber ganado tantas batallas?”, pensó, desolado, “sin mover un dedo, él ha logrado llegar a un estado de iluminación al que yo jamás podría aspirar aunque meditara toda mi vida”.

—¿Por qué es que me siento como si de pronto no valiera nada? —le preguntó al monje, cuando este hubo terminado de rezar— Ya burlé varias veces a la muerte, luché por los indefensos, no cometí ninguna acción por la que deba sentir vergüenza. No obstante, al ver como meditaba, de pronto sentí como si mi vida fuera insignificante.

—Aguarda, tengo que atender a la gente que vino a buscarme primero —le dijo el monje con tranquilidad—. Cuando termine de hablar con ellos, podré darte las respuestas que necesitas.

El samurai se retiró a esperar en el jardín. Desde ahí veía a varias personas entrar y salir para hablar con el monje, quien los atendía sin dejar de lado esa sonrisa llena de paz. A cada minuto, él se sentía más malhumorado, pues no era muy paciente. Por la noche, cuando todos hubieron partido, por fin pudo acercarse al maestro.

—¿Ahora sí podrá enseñarme? —le preguntó.

El monje le dijo entonces que mirara por la ventana. La luna resplandecía en el cielo y el ambiente se encontraba en silencio.

—¿Ves como la luna está brillando en el cielo? Ella se mantendrá resplandeciendo en el firmamento y cuando el día de mañana, el sol vuelva a salir, no va a preguntarse porque su luz es más fuerte y logra calentar a todos los seres vivos. A ambos los he observado durante años y a ella jamás le escuché decir: ¿acaso seré inferior a él?

—No, por supuesto —dijo el samurai—, la luna y el sol son distintos, y cada uno es especial a su modo. No tiene caso compararlos.

—He ahí tu respuesta. Nosotros somos dos personas diferentes, cada uno ha hecho del mundo un lugar mejor a su manera, luchando por lo que creemos. El resto, solamente son apariencias.

Moraleja: No te compares con nadie y busca tu felicidad haciendo lo que amas. Eres maravilloso a tu modo.

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Acerca del autor

Erika GC