Cuentos Clásicos para Niños Cuentos de Hadas

Basilisa la Hermosa

Había una vez un pueblo pequeño, en el que vivía un comerciante junto a su esposa y su hija, a la cual todos llamaban Basilisa la Hermosa, pues era muy bonita. Cuando la pequeña cumplió ocho años, su madre enfermó gravemente y sintiéndose morir, la llamó para hacerle un lindo regalo.

—Escucha, hija mía, porque estas serán las últimas palabras que voy a decirte —le advirtió, mientras le entregaba una muñeca—, tome mi bendición y esta muñequita. Guárdala bien y nunca se la muestres a nadie. Cada vez que te sientas triste, pídele un consejo.

Tras pronunciar estas palabras y darle un beso de despedida, la buena mujer mujer murió.

Por un tiempo su esposo se sintió solo y desdichado, hasta que conoció a otra mujer con la que decidió casarse. Se trataba de una viuda que tenía dos hijas, ambas con la misma edad que Basilisa. El comerciante, que era un hombre bondadoso al que todas las mujeres deseaban como marido, la eligió porque decían que era una madre cariñosa y una buena ama de casa.

Lamentablemente se había equivocado.

La madrastra de Basilisa era muy cruel y sus hijas, tan malvadas como ella. Las tres estaban muy celosas de ella, pues al crecer se había convertido en la muchacha más bella del pueblo. Todos los muchachos iban continuamente a pedir su mano, ignorando completamente a sus hermanastras. Esto, desde luego, hizo enfadar muchísimo a la mujer.

—¡No voy a casar a la menor hasta que se hayan casado sus hermanas mayores! —dijo, tras despedir a los pretendientes.

Después de eso, la pobre Basilisa tuvo que soportar sus golpes y sus injurias.

Un buen día, su padre se fue de viaje por largo tiempo. Y la madrastra vio una oportunidad para deshacerse de la pobre muchacha. Cerca del pueblo se alzaba un bosque espeso y oscuro, al que nadie se atrevía a acercarse. Se decía que en él habitaba Baba Yaga, una bruja terrible y muy peligrosa, cuyo mayor placer era devorar a las personas.

Usando cualquier pretexto, la madrastra mandaba a Basilisa a dicho bosque, pero palidecía al ver como ella regresaba sin el menor rasguño. Era la muñeca quien la guiaba, para que nunca se topara con Baba Yaga.

Al llegar el otoño, la madrastra reunió a las chicas y le dio a cada una, una tarea diferente. A una de sus hijas le ordenó que le hiciese un encaje y a la otra, que le tejiera unas medias. A Basilisa la obligó a hilar y todos los días, las tres debían enseñarle lo que habían hecho. Acto seguido, apagó todas las luces de la casa y se fue a acostar. Lo único que les dejó fue una vela diminuta, que apenas y alumbraba la habitación de las niñas.

Mientras ellas trabajaban, se formó un pabilo en la vela y una de las hermanastras, al querer cortarlo, terminó por apagarla.

—¡Ay no! ¿Ahora que vamos a hacer si no hay luz? ¡Todavía no hemos acabado! Habrá que ir a buscar más luz a la casa de Baba Yaga.

—Yo tengo la luz de mis alfileres —dijo la hermanastra que hacía el encaje—, así que yo no voy a ir.

—Pues yo tengo la luz de mis agujas —dijo la que tejía las medias—, así yo tampoco iré.

Ambas miraron a Basilisa.

—¡Debes ir tú a buscar la luz! ¡Anda, ve ya a la casa de Baba Yaga!

La echaron de la habitación y Basilisa, a oscuras, fue hasta su cuarto para darle de cenar a su muñequita y pedirle consejo.

—No temas —le dijo ella—, ve adonde te manden, pero recuerda llevarme contigo. Yo no he de abandonarte en ningún momento.

Basilisa colocó a la muñeca en su bolsillo y se dirigió al bosque. La pobre temblaba de frío. A lo mejor vio correr a un jinete vestido de blanco, sobre un corcel tan pálido como la nieve, y enseguida amaneció. Luego, pasó un jinete vestido de rojo en un caballo del color de la sangre y entonces se levantó el sol. Basilisa caminó durante todo el día y toda la noche, y al ocaso del día siguiente llegó al claro donde vivía Baba Yaga.

Su cabaña estaba rodeada por una cerca llena de huesos y calaveras, el cerrojo de la puerta era una mano esquelética y la cerradura, una boca con dientes. Basilisa se sintió muy asustada.

Un jinete vestido de negro montado en un corcel tan oscuro como el azabache, pasó en ese momento y entonces se hizo de noche. De las cuencas de las calaveras surgió una luz que iluminó e claro del bosque. Basilisa se quedó muy quieta.

En ese momento estalló un gran alboroto: las ramas de los árboles se sacudían, las hojas crujían y Baba Yaga llegaba a su cabaña, montada en su alférez y barriendo el aire con su escoba. Aterrizó en la puerta y elevando la nariz, gritó:

—¡Huelo carne humana! ¡¿Quién anda ahí?!

Basilisa se acercó a ella.

—Soy yo, abuelita, mis hermanastras me mandaron a pedirte algo de luz.

—Bien, las conozco a las dos. Quédate esta noche y si haces todo lo que te diga, te daré la luz —entonces, volviéndose a la puerta de su casa, gritó— ¡ea, mi fuerte cerrojo!, ¡ábrete!, ¡ea, mi ancha puerta!, ¡déjame entrar!

La puerta se abrió y Baba Yaga entró con Basilisa, tras lo cual volvió a cerrarse. Una vez adentro, la vieja se sentó.

—¡Tengo hambre! Sírveme la comida que dejé en el horno.

Basilisa encendió el horno usando la luz de una calavera y le sirvió su cena a Baba Yaga. Había tanta comida, que diez hombres habrían podido comer junto a ella. Después le llevó vino, vodka, cerveza y otras bebidas. Todo eso se comió y se bebió, sin dejar para la muchacha nada más que la corteza de un pan y un poquito de sopa de col.

—Mañana muy temprano, después de que me haya ido, tendrás que barrer el patio y limpiar la casa —le dijo antes de acostarse—. También quiero que hagas la comida y laves mi ropa, después vas a tomar un celemín de trigo del granero para separarlo del maíz que se haya mezclado. Si no terminas a tiempo, te voy a comer.

Mientras la bruja dormía, Basilisa le dio sus sobras a la muñequita y le habló.

—Ten muñeca mía, come y escúchame, ¡que triste estoy! La bruja me ha dado trabajo para cuatro personas y si no lo hago todo, me va a devorar.

—No tengas miedo Basilisa, come y después de rezar, duérmete. Mañana todo se arreglará.

Por la mañana Basilisa se asomó a la ventana. Vio que los ojos de las calaveras se apagaban y como pasaba el jinete blanco, seguido del jinete rojo. Inmediatamente se levantó el sol. Baba Yaga recogió su alférez y su escoba y salió volando.

Basilisa exploró la cabaña, sin saber por cual de sus tareas debía empezar y admirándose con las riquezas que poseía la bruja. De pronto, al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que todo su trabajo estaba hecho. La muñeca estaba terminando de separar el trigo del maíz.

—¡Ay muñequita mía, me salvaste de ser devorada por Baba Yaga!

—Ahora solo debes hacer la comida —le dijo ella metiéndose en su bolsillo—, hazlo y luego descansas.

Al anochecer, el jinete negro volvió a pasar por el bosque y las calaveras brillaron de nuevo. Baba Yaga regresó y fue recibida por Basilisa.

—¿Has hecho todo lo que te ordené?

—Júzgalo tú misma, abuelita.

Molesta, Baba Yaga revisó la casa y comprobó que Basilisa decía la verdad, no tenía ninguna excusa para comérsela.

—Pues bien, ¡vengan mis fieles sirvientes y muelan mi trigo!

Tres pares de manos aparecieron al instante, cogieron el trigo y se fueron. Baba Yaga volvió a comer hasta hartarse.

—Cuéntame algo —le dijo a Basilisa—, ¿eres muda o qué?

—Si me dejas, quisiera preguntarte algo, abuelita.

—Pregunta, pero recuerda que no todas las preguntas son para el bien de quien las hace. Mientras más sabio es uno, más viejo se vuelve.

—Quiero preguntarte abuelita, quien era el jinete vestido de blanco y montado sobre un caballo pálido que me adelantó en el bosque.

—Ese es mi Día Claro.

—Pues después de él vi a un jinete vestido de rojo, montando un caballo escarlata. ¿Quién era él?

—Ese es mi Sol Radiante.

—¿Y el jinete vestido de negro sobre un caballo azabache?

—Ese es mi Noche Oscura.

Basilisa quiso preguntarle entonces sobre los tres pares de manos, pero recordó el consejo de la bruja y se quedó callada.

—¿No preguntas más?

—Me basta con lo que sé abuelita, recuerda que tú misma me dijiste que mientras más sepa, más vieja voy a ser.

—Bueno, has hecho bien en preguntar solamente por lo que has visto fuera de mi casa y no por lo que vive dentro. Odio que los demás se entrometan en mis asuntos. Ahora te pregunto yo a ti, ¿cómo es que has logrado cumplir con todas las tareas que te impuse?

—Es que la bendición de mi madre me ayudó.

—¡Ay, lo que has dicho! ¡Vete ahora mismo, hija! ¡No quiero almas benditas en esta casa! ¡Largo!

Y expulsando a Basilisa de la cabaña, tomó una calavera con las cuencas encendidas, la colocó en la punta de un bastón y se la entregó.

—Aquí tienes la luz para tus hermanastras, vete con ella a casa.

La muchacha corrió hasta llegar a su hogar, amanecía y la calavera se apagó. Por un instante pensó en tirarla, hasta que escuchó una voz que salía de entre los dientes del cráneo: «No me tires, llévame contigo». Al mirar hacia su casa se dio cuenta de que ninguna luz brillaba en las ventanas, así que entró con el bastón.

Sus hermanastras la recibieron con mucho gusto y le dijeron que, desde que se había ido, no habían logrado encender ningún fuego y que las luces que les prestaban sus vecinos, se apagaban apenas cruzaban la puerta.

—Espero que la luz que trajiste no se apague —le dijo su madrastra.

Cogió la calavera y cuando sus ojos se clavaron en ella y en sus hijas, su luz las quemó a las tres. Trataron de ocultaron de sus cuencas ardientes, en vano. Al siguiente día, sus cuerpos estaban completamente abrasados y Basilisa se quedó sola.

La joven fue al bosque a enterrar la calavera, cerró la puerta de su casa y fue a la cabaña de una anciana vecina, pidiéndole permiso para quedarse con ella hasta que regresara su padre. Un buen día, le dijo:

—Abuelita, me aburro sin tener nada que hacer. Si me compras lino, puedo hilar para matar el tiempo.

La viejecita le compró el lino y Basilisa empezó a hilar. Sus hilos eran tan finos y hermosos como sus cabellos. Le pidió ayuda a su muñeca para tejerlo, ya que era tan finito que ningún peine le servía para desenredarlo. En una sola noche, la muñequita le hizo un telar milagroso, en el que se pasó el invierno tejiendo.

Cuando llegó la primavera, Basilisa obtuvo un lienzo tan delicado que hubiera podido enhebrarlo en una aguja.

—Ten abuelita, véndelo en el mercado y quédate con el dinero —le dijo a la anciana.

—¿El mercado? No, no hijita, este lienzo es tan bonito que nadie puede llevarlo, salvo el zar. Voy a ir al palacio a ofrecérselo.

La vieja fue al palacio del zar y pidió audiencia con él. Le mostró el lienzo y se quedó maravillado.

—¿Cuánto quieres por él?

—Un lienzo así no tiene precio, mi señor. Pero a ti te lo obsequio.

El zar se puso muy contento y la llenó de regalos. Mandó a cortar el tejido para que le hicieran unas camisas, pero era tan fino, que nadie se atrevía a coserlas por miedo a estropearlo. Así que el emperador volvió a llamar a la anciana.

—Ya que supiste como hilar y tejer un lienzo tan maravilloso, seguramente podrás coserme unas camisas.

—No he sido yo majestad, quien tejió ese lienzo. Lo hizo una joven muy bella que vive conmigo.

—Pues bien, que me haga las camisas ella.

Volvió la anciana con Basilisa, a comunicarle el encargo del zar y se puso manos a la obra. Cuando terminó con las camisas, se dio un baño, se peinó y se puso su mejor vestido. Le dijo a su vecina que le entregara su ropa al zar, mientras ella le esperaba afuera.

Al rato, salió un sirviente del zar.

—Su Majestad quiere conocer a la habilidosa joven que hizo sus camisas, para recompensarla como es debido.

Basilisa la Hermosa entró tras él y nada más verla, el zar quedó enamorado. La tomó de la mano y sonrió.

—Bella Basilisa, ahora que te conozco no voy a separarme nunca de ti, pues te haré mi esposa.

Ese mismo día se celebró la boda y Basilisa se convirtió en zarina. Cuando su padre regresó, fue muy dichoso al saber la noticia y acudió con ella a vivir al palacio, al igual que la vecina que la había acogido.

En cuanto a la muñeca de su madre, la guardó con cariño por el resto de sus días.

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