Cuentos de Hadas

Al este del sol y al oeste de la luna (2da parte)

En nuestro capítulo anterior de este cuento, vimos como nuestra protagonista vivía en un bello palacio donde tenía todo lo que deseaba. La muchacha era muy feliz y lo único que la inquietaba, era saber quien se acostaba a su lado en la cama por las noches, pues estaba tan oscuro que nunca podía verle el rostro.

Los días pasaron y la niña dejó de disfrutar. Echaba mucho de menos a su padre, a su madre y a sus hermanos, y todo el día se preguntaba que estarían haciendo.

—¿Por qué estás tan triste? —le preguntó el oso.

—Ay, es que extraño a mi familia —le respondió ella—, aquí en el palacio me aburro bastante. Quisiera poder hablar de nuevo con mis hermanos y mis padres.

—Haberlo dicho antes. Yo te puedo llevar a visitarlos —le dijo el oso—, solo si me prometes que nunca vas a quedarte a hablar a solas con tu madre. Probablemente ella te tome de la mano y quiera llevarte a una habitación aparte para hacerlo, pero si la dejas, vas a hacerme muy infeliz y te harás muy infeliz a ti misma.

Ella le prometió que no lo haría y cuando llegó el domingo, su esposo le anunció que era hora de viajar para ver a su familia. La chica se volvió a montar en el oso y anduvieron por largas horas, hasta llegar a un hermoso palacio rodeado de jardines en los que todos sus hermanos jugaban.

—Aquí es donde viven tus familiares ahora, les va muy bien y no les falta de nada.

La muchacha se puso muy feliz de ver a todo el mundo de nuevo y corrió a abrazar a sus padres. Todos hablaron por largas horas de cuanto había cambiado su vida, hasta que en un momento dado, la madre quiso llevar a su hija a su dormitorio para platicar a solas.

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Recordando las palabras del oso, ella intentó negarse pero su mamá, que era muy astuta, finalmente la convenció. Le preguntó sobre su matrimonio y su hija le contó que no sabía quien dormía a su lado por las noches.

—Seguramente es un troll y por eso no deja que le veas —le dijo la mujer—. Te doy un consejo. La próxima vez que suceda, vuélvete y enciende una vela para verle. Pero ten cuidado de no derramar ni una gotita de cera o podrías despertarlo.

La chiquilla, intrigada, decidió guardar el consejo de su madre y cuando llegó la hora de volver a casa, no le dijo nada al oso.

Esa misma noche, sintió que el desconocido se acostaba a su lado como de costumbre y espero hasta sentir que se había quedado dormido. Con mucho sigilo encendió una vela y se volvió hacia él, llena de miedo. Le asustaba encontrarse con un troll. Sin embargo, cuando la luz iluminó su cara se quedó sin palabras al ver al príncipe más hermoso del mundo.

La niña se enamoró de él al instante y sin darse cuenta, derramó una gota de cera en su mejilla…

CONTINUARÁ…

Al este del sol y al oeste de la luna (2da parte) 1

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Acerca del autor

Erika GC

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